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Cuando Sócrates ha terminado de transmitir las enseñanzas de Diotima, Alcibíades irrumpe en el Banquete. Lo que pareciera el momento culminante de la enseñanza platónica prosigue, acrecentando la sensación de artefacto donde la forma es tan crucial como el contenido, y muñeca rusa donde un texto se incardina dentro de otro texto. Alcibíades, completamente borracho, entra en busca de Agatón y al sentarse a su lado se encuentra, involuntariamente, entre éste y Sócrates, de cuya presencia no se había percatado.

En el pasaje de Alcibíades, encontramos la forma de la comedia para dar cuenta del fenómeno del amor. Alcibíades, visiblemente más perjudicado por la bebida, rechaza encontrarse en condiciones de elaborar un discurso sobre Eros o sobre cualquier otro dios. Se insinúa a Sócrates alegando que éste se le terminaría abalanzando, celoso, si osara hablar de cualquier otro, hombre o dios. De modo que acepta el reto de efectuar el elogio de Sócrates. Este elogio versa ante todo acerca del intento de seducción de Sócrates por parte de Alcibíades, quien, siguiendo la costumbre de su tiempo, pretendía ofrecerse como su amado a cambio de sabiduría. Sin embargo, según reconoce, este intento de seducción, laborioso y prolongado en el tiempo, fracasa inevitablemente. Sócrates valora en mucho más la auténtica belleza que él mismo atesora (su conocimiento de la verdad) que la belleza aparente y transitoria de Alcibíades. De este modo, Alcibíades, que venía a ofrecerse como el amado de Sócrates, termina siendo su enamorado. Acusa en esta línea a Sócrates de seductor que engaña a los jóvenes “entregándose como amante, mientras que luego resulta, más bien, amado en lugar de amante”.

Concluido el discurso de Alcibíades, sigue un intento de juego de sillas para que Sócrates pueda llevar a cabo el elogio de Agatón. Pero no llega a comenzar. Interrumpidos por una comitiva de juerguistas, que entran en casa al encontrar la puerta abierta, el juego queda disuelto y la bebida toma el protagonismo. Todos caen ebrios, salvo Aristófanes, Agatón y Sócrates, que acuesta a estos dos y se marcha de la casa, para continuar con sus quehaceres diarios, pues ya ha amanecido.

Así es como el filósofo parece condenado a cierta soledad: él es amado, pero no amante. Es tenido por seductor, pero tras encender la mecha de la curiosidad no ofrece goces sino que señala los goces duraderos. Marcha de la casa como marcha Eros por entre la belleza de los cuerpos. Apunta al amor hacia la verdad, y se desvanece como mediador, como daimón él también, toda vez que su obra ha concluido. A diferencia de los poetas y los sofistas, que ven lo particular y sus vicisitudes sin apreciar lo universal, el filósofo entiende un Eros auténtico que no va aparejado a particularidad alguna. Por ello Sócrates queda excluido y autoexcluido de los placeres conforme concluye el Banquete.

Aquí queda patente la enseñanza de Diotima, que Sócrates nos trasladaba en su discurso. Hay que acercarse al amor como a un proceso dialéctico que arranca con el amor de los cuerpos bellos, prosigue como amor a las almas bellas, de ahí a las normas y las leyes bellas, para pasar a la ciencia y los conocimientos bellos, y culminando en la idea de belleza en sí. De este modo, al conocer la belleza en sí, podríamos obrar no ya según modelos de virtud, sino comprender la naturaleza de la virtud misma desde el punto de vista de la verdad.

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