Viene de una entrada anterior: El Banquete de Platón (I): Verdad y goce.

La conexión entre el amor y la sabiduría, entre el amor por la belleza y el amor por la verdad, es el núcleo de la teoría platónica. Se encuentra plasmada en el famoso discurso de Diotima, pues Sócrates no procede como es habitual según su método de preguntas y respuestas, sino que refiere cómo una sacerdotisa sabia le instruyó en las cosas del amor.

Para Sócrates, es equivocado decir que “Eros es bello”. Si Eros persigue las cosas bellas, será porque se encuentra marcado por la carencia de la belleza. Y es que, según Sócrates, Eros no es bello, sino algo intermedio entre la belleza y la fealdad, lo mismo que entre lo bueno y lo malo. El amor es hijo de Poros (la abundancia) y de Penia (la escasez). La función de Eros es aspirar a la posesión de las cosas buenas, para alcanzar la felicidad. Pero todos desean lo bueno, por ese motivo todos amamos, aunque reservemos la palabra “amor” para un caso específico de ese amor.

Sócrates prosigue afirmando que el amor es el deseo de la procreación en la belleza. Puede tratarse de la procreación del cuerpo o del alma, pues en nosotros hay un anhelo de inmortalidad que se satisface por medio de obras que prolonguen nuestra existencia. Como apunta Bauman, “el amor está muy cercano a la trascendencia; es tan sólo otro nombre del impulso creativo” (Z. Bauman, Amor líquido, p. 21). Ahora bien, por ese motivo el amor platónico conlleva en sí mismo un riesgo: “está cargado de riesgos, ya que toda creación ignora siempre cuál será su producto final” (Ibíd.).

La teoría platónica concibe, pues, el amor como productividad o como disposición creativa. Se puede rastrear su influencia hasta el Eros freudiano, que identifica la cultura como sublimación de los impulsos del Eros y como victoria parcial frente a los impulsos destructivos (o pulsión de muerte). Constituye también la base de toda erótica materialista: el amor se concreta en obras, y las obras más duraderas de este Eros son los productos culturales, seguidos por la ciencia o conocimiento de las ideas, que en última instancia es el fin último de la vida humana y la única vía segura para alcanzar la felicidad.

Ello convierte el ideal platónico del amor en todo lo contrario del ideal romántico, pero también en todo lo contrario del uso y disposición de los placeres en las sociedades burguesas. Entender el Eros como lo entendía Platón, o más actualmente como lo entendió Freud (con diferencias obvias) conlleva entender que las economías de mercado, donde el amor romántico se reduce a una experiencia más de intersubjetividades limitadas al individualismo burgués, conducen a sociedades fundamentalmente antieróticas. Son aquellas que nos ha tocado vivir, donde los vínculos con el prójimo se hallan radicalmente desligados de la “procreación en la belleza”, donde los fines y proyectos ligados a una idea, traídos a “la relación de pareja” resultan sospechosos y asfixiantes (o peor aún, resultan obstáculos e impedimentos al desarrollo confortable de una “vida de pareja”), y donde sexualidad y Eros siguen caminos divergentes. A diferencia de nuestra contemporaneidad, Platón no hubiera calificado de “erótica” a una relación donde el amor de los cuerpos no fuera más allá, como un amor por el arte, la política, la ciencia y en definitiva todas las formas de existencia de la verdad en el mundo.

Concluye en El Banquete de Platón (III): Eros y dialéctica.

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