Política y pasión

Cuando Platón, en la Carta VII, declaraba que sólo podía haber justicia en la ciudad si los reyes se convertían en filósofos o los filósofos llegaban a reinar, realizaba una identificación afortunada entre el gobierno y el saber. Debían gobernar aquellos que conocían el Bien, la Idea de Bien, aquella más difícil de apresar y que daba sentido a todas las demás. Esta identificación afortunada entre el poder y el saber, que abriría un horizonte político más allá del cortoplacismo sofista de las pequeñas ambiciones personales, sería durante siglos central para el pensamiento político en sus formas más dispares.
Pero, ¿qué falta en esta identificación platónica entre poder y saber? Faltan dos elementos que la tradición occidental, desde la Edad Media hasta las instituciones de la Unión Europea, ha desdeñado y ha arrinconado en los márgenes de lo político: la corporalidad individual y social, las pasiones individuales y la pasión colectiva (la democracia). Y más fundamentalmente, ésta se explica por aquella. Platón no puede pensar la democracia porque no hay punto de encuentro entre el alma concupiscible (la dimensión psicológico-somática del goce) y el poder político; y allí donde este encuentro se produce, es bajo la forma de la sofistería, de la demagogia o de la injusticia (el asesinato del filósofo a manos de los prisioneros de la caverna). Platón nos da la clave de esta relación fundamental entre democracia y pasión cuando identifica, en La República, la clase de los productores con las bajas pasiones concupiscibles.

Si la filosofía de Platón surgió de la crisis y decadencia de la democracia ateniense, degradada a una república de los intereses particulares, como rastreo de lo universal, entonces en períodos similares como el que corre la política mundial deberemos localizar una brújula de forma análoga. Pero el error de Platón debe curarnos contra la tentación elitista, la identificación de la respuesta a la crisis política con un refugio conservador en universalismos que excluyen de la ecuación las pasiones populares: sólo hay un modo de salvaguardar una democracia, y ese modo pasa por la pasión colectiva de radicalizarla, ahondando sus mecanismos formales y universalizando sus condiciones materiales. Contra los populistas de derechas (la terminología más apropiada sería “demagogos”), que saben instrumentalizar la pasión colectiva para servir a sus intereses particulares o de clase, la respuesta a la crisis política pasa por sumar, a la equivalencia platónica entre saber y poder, la potencia de la pasión democrática.

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