Labriola o la gestación del socialismo periférico

El catálogo de novedades de las editoriales está muy bien, pero las librerías de segunda mano hay que pisarlas. Hoy reseñaré lo último que me he encontrado por ahí, tirado de precio.

249977Algún día encontraré tiempo para estudiar a fondo una historia algo olvidada: la historia de las disputas teóricas y políticas que jalonaron la historia del movimiento obrero entre la muerte de Marx y la constitución de la III Internacional. Muchos infantilismos se combatieron en aquella época de héroes, de allanadores de sendas. Y muchas lecciones para nuestra época se esconden allí. Comparto plenamente algo que plantea Zizek en varios lugares: hay que repetir los gestos fundacionales, hay que repetir el momento en el que se constituyeron las epistemes fundamentales de nuestra cultura política (el socialismo, el comunismo, el marxismo o el leninismo). Porque en sus momentos constituyentes, cuando todas esas formas de pensamiento estaban por formarse y los problemas estaban abiertos sin respuestas satisfactorias, muchos activistas hicieron un esfuerzo descomunal por entender la realidad que hoy, entre el despiste generalizado y la carencia de relatos convincentes, debemos emular.

Una de las figuras que deberían tener su capítulo en esta historia es Antonio Labriola. Filósofo académico italiano, hegeliano en un principio pero influenciado progresivamente por el marxismo, Labriola tenía una concepción del marxismo abierta, poco encorsetada y poco ortodoxa, que sería de gran influencia en el posterior pensamiento de Antonio Gramsci. El libro que aquí os presento es la edición en 1969 de Alianza Editorial de Socialismo y filosofía, traducido y prologado por el gran Manuel Sacristán (el que podría considerarse padre del marxismo español de postguerra, si esta tradición cultural hubiera despegado realmente en nuestro país más allá de escasas excepciones que salvan los muebles en nuestra por lo general casposilla cultura nacional).

Diletantismo

220px-Antonio_LabriolaEl libro es una compilación de diez cartas dirigidas por Labriola a Georges Sorel, el teórico de la Huelga General revolucionaria y del mito político, a quien echaremos de comer aparte un día de estos.

Labriola es un profesor universitario, un tanto sui generis, poco académico para nuestros estándares (Sacristán en su prólogo lo acusa de verbalismo, de charlatanería finisecular, un vicio intelectual que compara con el opuesto que hoy rige, el academicismo aséptico y pseudocientifista). Pero como buen universitario, Labriola empieza cargando las tintas contra los diletantes. Los literatos, los autores de folletines “sociales” o “socialistas”, los diletantes y los aventureros abundan y no hemos podido evitarlo, como abundan en general en las sociedades burguesas. Los diletantes se preocupan más que nada por la estima pública, caen en la ilusión, que el materialismo histórico viene a disolver, de que su papel como individuos es crucial en la historia y, “una vez aprendida la historia de viejo estilo, siguen de acuerdo con aquel orador de Cicerón en proclamarla maestra de la vida”. Muy actual Labriola sobre este punto, cuando reclama moralizar el socialismo y una moral comunista de la humildad (y “comunista” significa igualdad fraternal y sentido de la primacía de lo común sobre egoísmos privados). Y cuando suelta que “en todas las partes de la Europa civilizada los ingenios -sean verdaderos o falsos- tienen muchas maneras de ocuparse en el servicio del estado y en todo lo ventajoso y honorífico que puede ofrecerles la burguesía”. Siempre hay sitio para revolucionarios chic en eldiario.es o en ciertas editoriales de masas.

¿Cuáles son los motivos más profundos de este diletantismo? Según Labriola, buena parte de ello tiene lugar porque el materialismo histórico tiene poca difusión, no se lo ha leído en profundidad, no se ha accedido a todos los textos ni se han traducido todas las obras fundamentales. Todos sabemos bien qué aventuras hay que correr a veces para encontrar un libro del que sólo sabemos de oídas, hasta nunca encontrarlo o hasta toparnos, como lamenta Labriola en la Carta II, con un librero de viejo ambicioso que nos pide una cantidad abusiva. Esto es así, Labriola da en el clavo. Todos sabemos que los grandes libros se leen muy poco, y que el mercado de citas de segunda mano está abarrotado de estudiantes (y profesores). Ahora que Akal se ha lanzado a traducir La ideología alemana, espero que empecéis a citarla de esta nueva edición, porque yo nunca he conseguido encontrar la edición de Grijalbo y sé que las citas célebres del libro las habéis robado de uno que se las robó a uno que las citó en un artículo de los años setenta. Estas cosas se saben.

Socialismo periférico

Bromas sin gracia aparte, Labriola toca un tema que es muy importante y que ha marcado la historia del movimiento obrero del siglo XX. Sin caer en culto al libro (todo lo contrario, queremos leerlo todo porque no nos conformamos con las vulgatas), lo cierto es que todas las teorías en gestación dependen fuertemente de sus textos fundacionales, y esto no era fácil en los países de la periferia europea en el siglo XIX y principios del siglo XX. El socialismo moderno fue, en muchos aspectos, en situación de retraso respecto del movimiento obrero real, al cual le fue pisando los talones en el mejor de los casos. Cuando poco se había traducido en Italia o en España, ya se habían constituido partidos socialistas. Comprensible y razonable, porque la necesidad de autoorganización era imperiosa y no podía esperar a que se tradujera y se divulgara una teoría compleja, universal pero enraizada profundamente en la cultura alemana de sus fundadores.

La ciencia en gestación y la antifilosofía

Hemos dicho que el marxismo es para Labriola una ciencia en gestación. Es este carácter inacabado lo que lo hace indeterminado, abierto, y  difícil, fácilmente suplantable. También es un elemento irrenunciable del socialismo moderno. Para Labriola, que era un heterodoxo con una formación cultural rica y polifacética, no eran satisfactorias las respuestas fáciles y la ortodoxia de manual. Deja clara la necesidad de reforzar la teoría con la referencia a otras fuentes literarias, a otras tradiciones de pensamiento. Critica con fuerza a los “doctrinarios y metafísicos”, a los sistematizadores, a los hegelianos baratos, a los wolffianos (en referencia a Wolff, el racionalista que pretendía que de su ontología se podía deducir el número de los botones del uniforme prusiano). Hubiera despreciado los manuales de materialismo dialéctico, como despreciaba las biblias en general.

Labriola consideraba el socialismo como una rica formación cultural con diversas facetas inseparables (la filosofía, la crítica de la economía, la política). Hubiera visto con malos ojos a los bárbaros especialistas que se limitaran a uno solo de estos aspectos, en vez de cultivarlos todos de un modo armónico. Sin embargo, se opone absolutamente a deducir de ello que el socialismo pueda identificarse con una “visión del mundo” o con una “filosofía” cerrada. “Pero no me parece que pueda ponerse entre los artículos de la cultura popular toda la doctrina en su intimidad o en su conjunto, toda la doctrina, en suma, como filosofía.” Y remata, posicionándose claramente en la dorada tradición de pensamiento anti-filosófico y progresista:

Pues, aparte de que para aprender esta filosofía hace falta un considerable esfuerzo (…), su manejo puede llevar los ingenios demasiado fáciles y demasiado expeditivos a dar en conclusiones cómodas y a desvariar fácilmente;  y no quisiéramos ser ni promotores ni cómplices de semejante nueva charlatanería literaria. (p. 39).

Categorías:Reseñas

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