El declive de la democracia de partidos

Una nota sobre Peter Mair, Ruling the Void. The hollowing of western democracy. London: Verso, 2013. 174 pp.

rulingthevoidPeter Mair comienza su libro Ruling the Void (“Gobernando el vacío”) con una afirmación tajante y aventurada: “la era de la democracia de partidos ha terminado” (p. 1). A lo largo de su trabajo, Peter Mair desarrolla esta afirmación no para alegrarse del fin de los aparatos partidistas, sino al contrario, para llamar la atención sobre cómo el desinterés por la política no ha conducido a una superación y democratización de los aparatos partidistas, ni a una alternativa más democrática, sino más bien al progresivo vaciamiento de dichas estructuras en el marco de un declinar de la participación democrática en la vida pública y de una acumulación progresiva del poder político en instituciones antidemocráticas y cada vez más alejadas de la ciudadanía. “Los partidos se han vuelto más débiles y la democracia se ha tornado aún más disminuida” (p. 2).

Según Mair, el problema principal no es el de una pérdida de confianza en los partidos políticos, aunque algo de esto siempre haya existido. Pero como bien dijo Freud, el verdadero contrario del amor no es el odio sino la indiferencia. Y es esta indiferencia o falta de interés lo que prima en las sociedades contemporáneas, según Peter Mair (p. 3). Ahora bien, como señala Mair, este desinterés no es una mera cuestión de cambio en la cultura política popular, puesto que desde finales de los años noventa fue impulsado por la retórica de diversas figuras políticas, como el británico Tony Blair, que cultivaban un cuidado “apoliticismo” (la política como la combinación de “mercados dinámicos y sólidas comunidades”) y pretendían posicionarse por encima de la política y del partidismo político (partisanship). Esta estrategia que Mair califica de populista, emplearía una retórica apelación al “pueblo” para justificar una noción completamente nueva del modo de ejercer el gobierno, celebrando las redes autoorganizativas de la sociedad civil frente a un gobierno cuyo exceso de intervención podría ser incluso contraproducente. En este contexto, florece una interpretación preocupante por la cual “la relevancia del gobierno declina, mientras crece la de otras instituciones y prácticas no gubernamentales” (p. 4).

Por otra parte, prosigue Mair, en la teoría política de finales de la década de los 90 se cultivan sentimientos antipolíticos, que legitiman la tecnocracia y el gobierno de los expertos. Las decisiones políticas serían ineficaces, cortoplacistas y sometidas presuntamente a oscuros intereses partidistas. Frente a las instituciones democráticas, lastradas por esta ineficacia, autores del periodo celebran otros espacios de toma de decisiones que no se someten a la participación popular, y que Majone por ejemplo define por el eufemismo de “instituciones no-mayoritarias”.

Sin embargo, no es menos cierto que el concepto de democracia y las teorías sobre la democracia también experimentaron un auge tremendo en estos mismos años. ¿Cómo es que coinciden, se pregunta Mair, este renovado interés por la democracia con su opuesto, el desinterés y la indiferencia generalizados? Podría pensarse que la reflexión académica sobre el tema sería una reacción a esa indiferencia. Pero Mair descarta pronto esta posibilidad. Algo en lo que los nuevos teóricos de la democracia parecen coincidir es precisamente en propuestas que “desaniman el compromiso masivo” en los asuntos públicos. El interés de estos pensadores no iría por tanto en la dirección de abrir o fortalecer la democracia, sino en “redefinir la democracia de tal modo que pueda superar, y adaptarse al declinar del interés y del compromiso popular” (p. 9). Lo que se empieza a teorizar son las potencialidades de una democracia sin ciudadanos.

En esta época, se marcan cada vez más las diferencias entre dos elementos que las democracias de postguerra contemplaban como inseparables: la democracia constitucional y la democracia popular. La primera sería el gobierno “para” el pueblo, mientras la segunda se identificaría con el gobierno “por” el pueblo. En este proceso, el elemento popular es poco a poco degradado respecto del elemento constitucional. El “modelo occidental” pasa a definirse cada vez más por el liberalismo constitucional, y no por la participación democrática en la toma de decisiones (p. 11). Emerge pues “una noción de democracia que está siendo progresivamente desprovista de su componente popular” (p. 2).

¿Y qué papel juegan aquí los partidos políticos? Históricamente, era imposible concebir un gobierno sin partidos, como elementos fundamentales a lo largo de todo el proceso democrático. Pero a medida que la democracia se degrada, la realidad es que los propios partidos políticos experimentan un declinar simétrico. Los fallos de los partidos políticos coinciden, alimentan y se alimentan de, un fallo generalizado en el sistema moderno representativo.

Los partidos políticos han cometido errores, señala Mair. Fundamentalmente, los partidos se han separado de la sociedad y han pasado a establecer un modo de competición electoral que en su forma presente ya no puede sostener la democracia. Pero además de esto, los partidos políticos han dejado de ofrecer a los dirigentes políticos un marco de estabilidad y de estatus. Estas élites desplazan por consiguiente sus ambiciones hacia espacios institucionales crecientemente despolitizados (el ejemplo paradigmático es la Unión Europea, cuyas instituciones analiza el autor hacia el final del libro), separados del partidismo político y controlados cada vez menos por las elecciones democráticas, ya que las decisiones fundamentales se toman de forma opaca y antidemocrática, de acuerdo con criterios técnicos. De este modo, decae la importancia tradicional del partido político como espacio de selección y control de sus dirigentes por las bases militantes, pierde su importancia como terreno intermedio y de interacción entre los líderes políticos y los ciudadanos más comprometidos. En la descripción de Peter Mair, el partido político como espacio intermedio parece una casa vacía, donde las mayorías pierden interés porque son conscientes de que no pueden influir en la toma de decisiones, y las élites se independizan del control de los ciudadanos politizados dirigiendo sus ambiciones a los espacios reales del poder político.

Categorías:Política, Reseñas

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