Las lágrimas de Foucault

Cuenta François Dosse en su excelente Historia del estructuralismo que, en 1953, Foucault lloró al conocer la noticia de la muerte de Stalin. ¿Cómo sucedió que toda una generación criada en el estalinismo iba a soltar amarras pronto, para engendrar una nueva moda cultural ambigua respecto del marxismo y abierta a la postmodernidad? ¿Cómo perdió el Partido Comunista Francés aquella relación privilegiada con los intelectuales jóvenes, que más tarde se iban a apartar de sus filas o iban a independizarse políticamente para convertirse en intelectuales sin partido (muchos de ellos comprometiéndose con el mayo del 68)? En un momento como el actual, es importantísimo plantearse cómo la izquierda pudo hacer militar en sus filas a una cantidad importante de intelectuales, a los que más tarde perdió.

Al igual que sucede hoy día en plena crisis económica (en pleno estado de devastación) la juventud de la postguerra en Europa descubrió que el mundo había quedado transformado para siempre por la catástrofe. Se había abierto una brecha generacional, y una cantidad importante de trabajadores e intelectuales (como Althusser) habían resuelto que sólo el PC podía aglutinar las fuerzas de la contestación social, cuando un viejo orden se desmoronaba y otro nuevo estaba por nacer. Y en el caso de los intelectuales, además ¿qué posibilidades tenían de ejercer su profesión? El PCF fue para una generación lo que la Sorbona no podía ser. El arcaico sistema universitario francés seguía en la línea de un pensamiento conservador, espiritualista, profundamente católico. Y sólo el PCF ofrecía un espacio para otro modo de pensar, abierto a las inquietudes de la época.

Varias circunstancias confluyeron para que este enorme potencial se perdiera. Las revelaciones de los crímenes de Stalin, la invasión de Checoslovaquia… la ausencia de una auténtica desestalinización en los partidos occidentales, y el giro eurocomunista que se hizo de forma palmariamente oportunista, sin una estrategia clara y a posteriori de los acontecimientos. El maltrato a los intelectuales, que no encontraron quizás la suficiente libertad para realizar investigaciones independientes dentro del PC. Althusser, el gran renovador del marxismo en los años 60, y uno de los intelectuales más notables del PCF, tuvo que perder muchísimas horas debatiendo como se debatía por aquel entonces: esgrimiendo los argumentos de autoridad de los clásicos y las citas célebres para poder pelear dialécticamente con el adversario que te respondía no con razones, sino con bustos de escayola. Y finalmente, la renovación generacional que hizo posible que figuras como Foucault (militante del PCF entre 1950 y 1953) pudieran entrar en la universidad.

Hoy día, más allá de un par de compañeros que pueden tener algún futuro y algún margen para combatir en la institución universitaria (ineficiente, gris y muy por reformar desde sus cimientos), hay muchísimos jóvenes que quisieran poder encontrar un espacio para pensar y para trabajar. Al margen de la Universidad están surgiendo espacios que pueden aglutinar esa fuerza joven con ganas de investigar y de aportar ideas. Y es responsabilidad de los movimientos sociales y de las organizaciones de izquierda ofrecer a estos jóvenes un modo de desarrollar creativamente ese impulso. ¿No debemos devolverle algo a la sociedad, a cambio de todo lo que recibimos de ella?

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