Historia del pensamiento socialista: el “marxismo” del joven Marx (hasta 1845)

Advertencia preliminar: el problema de la “ruptura” en la obra de Marx

Una determinada interpretación, introducida por Louis Althusser, divide la obra de Marx en dos etapas: la primera etapa humanista (cercana a Feuerbach) y la segunda, científica. El punto de separación se situaría en 1845, año de La ideología alemana y las Tesis sobre Feuerbach, marcado por lo que Althusser denomina una “ruptura epistemológica”. Se trata de un término que toma de Gastón Bachelard (un epistemólogo o filósofo de la ciencia francés), y significa el alcance por parte del marxismo de un estatuto científico, a partir del abandono por Marx de su conciencia filosófica anterior, y de su descubrimiento de lo que Althusser llama el “continente historia”. En breves términos, el materialismo histórico se convierte en ciencia en el momento en que se dota de un objeto propio (el modo de producción y sus transformaciones históricas).

            Aunque discutida dentro de la tradición marxista (Erich Fromm y Manuel Sacristán hablan de una continuidad entre ambos periodos, entrelazados por los Grundrisse, cuestión acerca de la cual no podemos profundizar aquí), adoptaremos esta división de manera metodológica para periodizar nuestra exposición de la obra de Marx.

1. LA CRÍTICA DE HEGEL Y FEUERBACH

En 1842, Marx comienza a colaborar con la Rheinische Zeitung (la Gaceta Renana), periódico de la burguesía local. Era un demócrata liberal e idealista, pero en sus artículos abordaba problemas concretos. El periódico fue prohibido, y Marx se exilia a Paris, donde entra en contacto con círculos de socialistas, comunistas, y organizaciones de obreros alemanes en el exilio. En esta época conoce a Friedrich Engels, y redacta su primera gran obra, la Crítica de la filosofía del Estado de Hegel (1843).

            Para Hegel, la realidad es razón, idea. Es el pensar el que determina el ser (el sujeto al objeto), y no al contrario. Esta racionalidad se cierra sobre sí misma, en una totalidad sistemática. Marx critica el idealismo de Hegel, y considera que es la consumación teórica e ideológica del mundo cristiano-burgués. Sin embargo, extrae de él un método, la dialéctica, que entiende la realidad como procesos. En Hegel hay una teoría dinámica de la historia que sitúa el epicentro en sus contradicciones.

            Frente a Hegel, Feuerbach (en La esencia del cristianismo) había tomado una postura aparentemente “materialista”. En el fondo, como afirmaría más tarde Marx, también era un idealista por cuanto que admitía la existencia de una esencia humana genérica.

            Lo que a Marx le fascina de Feuerbach es su reinterpretación del concepto hegeliano de alienación. Feuerbach centra su teoría en la alienación religiosa de la “esencia humana”. El hombre proyecta lo mejor de sí en un ser imaginario, y en él pierde por tanto su propia esencia. Es preciso disolver el mundo religioso y reducirlo a su base terrenal (“el hombre es lo que come”): es el ser el que determina la conciencia, concepción básica de Feuerbach que da la vuelta a Hegel y sienta las bases de una teoría de la ideología.

            Pero Marx, como hemos dicho, considera insuficientes las explicaciones de Feuerbach. Para él, esta alienación sólo se explica por el propio desgarramiento de la existencia terrena (por sus contradicciones). Por consiguiente, el fin no debe ser desenmascarar los ídolos remitiéndolos a la “verdadera” esencia humana terrenal, sino eliminar las contradicciones de dicho mundo terrenal, suprimidas las cuales el mundo religioso se disolvería sin más. Marx desarrolla la cuestión en los Manuscritos de París o Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844.

            Marx va del “hombre” genérico al individuo real y existente, ligado a unas condiciones materiales de existencia. El ser humano es trabajador, su ser se manifiesta en el trabajo, entendido como transformación de la naturaleza, del mundo objetivo. La “esencia” humana es la praxis, la práctica condicionada históricamente (por la economía, la sociedad, la política, la ideología, la religión). De modo que el ser humano puede desenvolverse en una existencia alienada o, por el contrario, auténtica y emancipada.

2. LA CRÍTICA DE LA IDEOLOGÍA. INFRAESTRUCTURA Y SUPERESTRUCTURA

Para Marx, “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante” (La ideología alemana). Esta ideología dominante tendría su origen en la división del trabajo manual-intelectual y en la sustitución de la religión natural por la religión revelada, la cual precisa de la existencia de intérpretes para el mensaje divino. Estos factores determinan el surgimiento de técnicos especializados en el trabajo intelectual (“intelectuales”) ligados orgánicamente a la clase dominante, que los separa del lugar de la producción y de la lucha económica para ponerlos a producir ideología al servicio, en última instancia, de su dominio de clase.

            La ideología suele definirse en Marx (donde las referencias al término son en realidad escasas, y sus formulaciones muy primitivas) y en los autores y corrientes influidos por su obra a partir de una serie de características generales, de las cuales considero que podemos destacar tres:

  1. La ideología es una falsa conciencia.
  2. La ideología es una representación invertida de las relaciones sociales existentes.
  3. La ideología es una representación determinada en última instancia por la vida material (por la praxis humana o, mejor dicho, por la infraestructura económica).

            En el Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política encontramos una referencia a estos tres aspectos del término “ideología”. En dicho texto, Marx habla de las formas de Estado, del derecho y de la ideología (entendida como “formas sociales de conciencia”) y de cómo éstas tres remiten a una base material.

            Los hombres, en la producción social, entran en relación los unos con los otros. Marx llama a estas relaciones “relaciones de producción”, y dice que son determinadas, necesarias e independientes de la voluntad de los hombres. Dichas relaciones de producción corresponderían a un determinado grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

            Ambas esferas, las relaciones de producción y las fuerzas productivas, en su articulación concreta, constituyen la “infraestructura” o estructura económica de una sociedad (o formación social) bajo un modo de producción determinado.[1]

            Las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción serían determinantes para el estallido de una revolución social o para la transformación de la superestructura (la conciencia se explica por su base material). Por ejemplo, la existencia en el capitalismo moderno de una fuerte socialización de la producción, entra en contradicción con la propiedad privada de los medios de producción, de manera que en el largo plazo condicionaría la insostenibilidad del modo de producción capitalista y la necesidad del socialismo (como propiedad colectiva o social de los medios de producción).


[1] En Formaciones económicas precapitalistas (1858), Marx propone de manera esquemática una sucesión de modos de producción en la historia: el comunismo primitivo, el modo de producción esclavista, el modo de producción asiático (o “despotismo oriental”), el modo de producción feudal, y el modo de producción capitalista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: