La cara más subversiva de El Ministerio del Tiempo

El Ministerio del Tiempo es un clásico actual de la televisión española. Es una serie que toca ver, amar y promover para que nuestra televisión pública siga apostando por la inteligencia y la calidad. Algún día, alguien escribirá una tesis doctoral explicando por qué es la serie de nuestro país y de nuestro tiempo, y de cómo un mensaje inteligente y lleno de esperanza en nuestro futuro pudo colarse en la TVE de Rajoy.

Lo subversivo del MdT no está en cómo un espadachín español, salido de una novela de Reverte, se enamora de una abogada de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca para acabar en el furgón policial. Ni en la conciencia social de Julián. Ni en cómo recurrentemente los funcionarios nos recuerdan los recortes que empeoran todos los servicios públicos (y que llegan hasta el Ministerio). Lo revolucionario del MdT, lo que realmente nos sirve para cambiar nuestra manera de entender algunas cosas, es su conciencia histórica. Ahí donde algunas malas lecturas corren el riesgo de calificar la serie de “facha” o “reaccionaria”.

La identidad española tiene mucho de ucronía, y la serie El Ministerio del Tiempo revela la tensión popular entre lo que fue y lo que pudo haber sido. Aunque a primera vista puede parecer que la misión del Ministerio es conservadora (no se puede cambiar la historia, el Ministerio es el guardián de que las cosas se mantengan donde han estado), en el fondo su mensaje es profundamente transformador. Sí, podríamos encontrar en el Ministerio del Tiempo la herramienta para cambiar esa historia de España que no nos gusta: abolir dictaduras, resolver crisis, defender repúblicas. Afortunadamente, el Ministerio no nos proporciona lo que deseamos, la reescritura de la historia. El MdT nos educa y nos muestra un camino porque, a diferencia de tanto producto cultural, no nos promete lo que deseamos. El MdT no es un anuncio de perfume que te dice que hoy follas seguro, ni una bebida que saciará tu sed. Te enseña el lado desagradable de las cosas: que la realidad se contrapone a nuestro deseo. Pero a diferencia de aquellos anuncios de perfume que anestesian nuestra voluntad, la serie, al negarnos lo que deseamos, educa y refuerza nuestro deseo.

El Ministerio nos enfrenta a los hechos, nos obliga a entender los sucesos, las determinaciones. La historia no es una sucesión de azares, sino una conexión de causas. La protección de la historia como patrimonio colectivo, aun al precio altísimo de soportar la carga de un legado bañado en sangre y tragedia, nos muestra que no hay vías fáciles para cambiar las cosas y sobre todo, nos enseña que es en el momento presente donde cabe la transformación. Es normal que, a poco que conozcamos la historia de este país, nos sintamos incómodos con sus peores episodios. Pero nuestro país no se puede cambiar si no conocemos ese pasado, y sobre todo si no hay en él semillas de las cuales encariñarnos, un legado positivo que hace que merezca la pena construir un presente mejor. El Ministerio del Tiempo ha conseguido lo que no ha conseguido la escuela que con sangre entra: que sonriamos al ver entrar a Lope, que nos encariñemos del esforzado Cervantes, que Velázquez sea como de la familia. Que entendamos la inteligencia de Lorca, o la valentía de las sinsombrero. Lo mejor de nuestra historia va de la mano de lo peor. Es muy tentador querer quedarnos sólo con la parte buena. Pero si lo hacemos, estaremos soñando, no estudiando la historia que nos trajo al momento presente. Y soñar es legítimo, por eso en los capítulos más importantes existe el conflicto de los personajes con ese pasado que querrían cambiar. ¿Cuál es la lección que nos da el Ministerio? Estudiad la historia de vuestro país, y concentrad en el presente, no sólo en el pasado, toda vuestra capacidad para soñar alternativas.

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