Blade Runner 2049: el capitalismo y el ser viviente

Blade Runner 2049 es la secuela de la original de 1982 dirigida por Ridley Scott. Ambas películas son una adaptación de la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? La novela narra cómo, tras una guerra nuclear, las Naciones Unidas acometen un programa de colonización de otros mundos, para lo cual se producirán en masa androides que llevarán a cabo las tareas más ingratas. Algunos de los modelos más antiguos resultarán, sin embargo, autoconscientes de su condición, e intentarán escapar de sus amos retornando a la Tierra. Unos cazadores de recompensas (blade runners según los denomina la película, aunque no la novela) se especializan en la tarea de darles caza.

1. ¿Puede pensar una máquina?

En la historia de la Filosofía, fue Descartes el primero en referirse a la hipótesis de una inteligencia artificial, si bien la rechazara de plano.

“se puede construir una máquina que exprese palabras e, incluso, emita algunas respuestas a acciones de tipo corporal que se le causen y que produzca cambios en sus órganos; por ejemplo, si la tocamos en una parte determinada, puede preguntar qué le queremos decir; si lo hacemos en otra, puede exclamar que se le hace daño, y así sucesivamente. Pero jamás ocurre que coloque sus palabras de modos diversos para replicar apropiadamente a todo lo que se pueda decir en su presencia, como hasta el más ínfimo de los humanos puede hacer” (Discurso del Método, parte V).

Descartes sitúa lo propio de la mente en la creatividad del lenguaje, en la capacidad que sólo tiene una mente humana para responder de una manera no pre-programada a cualquier interacción lingüística. Para Descartes, la capacidad del uso creativo de la lengua era lo que nos diferenciaba de las máquinas: frente a la mente (humana), caracterizada por la libertad, los cuerpos materiales y las máquinas se encuentran sometidos a la necesidad de las leyes de la mecánica.

En 1950, sin embargo, Alan Turing escribe un artículo (“Computing machinery and intelligence”) donde propone su famoso test de Turing. En dos espacios separados convenientemente del observador, un ser humano real y una máquina responden, a ser posible por escrito, a una serie de preguntas. El observador debe determinar quién es el ser humano, y quién la máquina. Alan Turing afirma (aunque es muy discutible su argumentación) que si el observador no puede diferenciar quién se expresa como una máquina y quién es el humano, esa máquina ha pasado el test y puede considerársela dotada de inteligencia.

La película original, Blade Runner, comienza con una adaptación del test de Turing. Deckard, el cazador de replicantes, somete al candidato a una serie de preguntas. Pero en este caso, lo que va a permitir desenmascarar al replicante no va a ser la incapacidad creativa para aplicar el lenguaje, sino las reacciones emocionales que se revelan en las alteraciones de la pupila a la hora de responder a las preguntas del test. ¿Qué es lo que ha cambiado? Si Alan Turing en cierto sentido da por buenas las tesis cartesianas sobre la inteligencia revelada en el uso creativo del lenguaje (aunque llegue a conclusiones diametralmente opuestas), en la película aparece una nueva noción de la mente. La inteligencia “natural”, por oposición a la inteligencia artificial, está marcada por la emoción y la empatía. La empatía es por tanto la línea divisoria que separa la inteligencia natural de la inteligencia artificial.

Como afirmaba Antonio Damasio en su libro El error de Descartes, la noción cartesiana de mente excluye el papel de la estructura biológica y de las emociones a la hora de articular el pensamiento. La mente es inseparable del cuerpo, y la razón está vinculada intrínsecamente a la emoción, de tal modo que la carencia de respuestas emocionales desemboca inevitablemente en graves carencias cognitivas.

Como decíamos, la tesis de que la empatía y la emoción son lo propio de la inteligencia natural se encuentra en el Blade Runner original (así como en la novela de Philip K. Dick). La película concluye cuando Roy, en el momento de su muerte, le perdona la vida a Deckard, demostrando su empatía y probando que la frontera entre humanos y replicantes no es tal.

2. El poder sobre la vida

Ahora vamos al meollo de la cuestión, y a la reflexión sobre por qué Blade Runner 2049 tiene algo que aportar al debate. Mientras que la novela y la película sitúan la diferencia entre inteligencias naturales y artificiales en la empatía, en la nueva película nos encontramos una explicación ingenua, chocante: lo que diferencia a los humanos de los replicantes es tener un alma, y tenemos un alma en el momento en que nacemos. Si un replicante nace, automáticamente queda abolida la diferencia entre humanos y replicantes.

La reflexión de la película es extremadamente discutible. Pero es inevitable políticamente: en primer lugar, la película da por hecho que los replicantes son potencialmente sintientes, de ahí que el propio K sea sometido tras cada misión a un test para comprobar su estabilidad mental. El test no tiene ya el cometido de desenmascarar a los replicantes, sino de comprobar que estos no han desarrollado respuestas emocionales. Esto da al traste con toda la ideología difundida por la corporación Wallace, según la cual los “nuevos modelos” de replicantes son más sumisos y por tanto menos inestables que los modelos “anticuados”.

Y esto nos lleva al núcleo de la película. No es una película sobre la inteligencia artificial, como lo era (y de manera brillante) el primer Blade Runner. Es un filme político, que nos demuestra cómo un régimen de clase construye argumentos y representaciones ideológicas para encubrir unas condiciones de explotación hacia una clase inferior de seres vivos artificiales.

Slavoj Zizek cuenta en alguna parte un chiste sobre una tetera prestada. Alguien le pregunta a un conocido dónde está la tetera que le prestó. A lo que éste le contesta con tres respuestas sucesivas: no me prestaste la tetera; te la devolví intacta; la tetera ya estaba rota cuando me la prestaste. Al responder con tres mentiras sucesivas, el personaje del chiste reconoce su culpa. Algo similar sucede en este relato que parte de Descartes para concluir en Blade Runner: en primer lugar, las máquinas no tienen inteligencia; en segundo lugar, si es que tienen inteligencia, no puede hablarse de una inteligencia natural puesto que carecen de empatía; en conclusión, tengan o no empatía, siguen sin ser como los humanos puesto que no han nacido, son seres artificiales. El problema de este argumento es dónde se detiene: ¿realmente la posibilidad del nacimiento puede quebrar el sistema de apartheid entre humanos y androides, o surgirá una nueva réplica ideada para conservar el statu quo y justificar la represión a la minoría?

El núcleo de la película es por tanto político. Si realmente el hecho de que pudieran nacer replicantes de otros replicantes fuera a subvertir el sistema (como ingenuamente afirma la teniente Joshi de la policía de Los Ángeles), entonces ¿por qué Wallace, el fabricante de replicantes y máxima expresión del capital está tan obsesionado con crear replicantes fértiles? La respuesta es muy sencilla: porque el problema en el universo de Blade Runner no es que las máquinas tengan o no un “alma” o una “vida”. El problema no es que estén vivas como nosotros, sino si esa vida es o no gestionada como una cosa, como un elemento productivo más.

Al negar personalidad jurídica y derechos a la vida artificial, lo que se consigue es encubrir el hecho de que el trabajo de los replicantes es trabajo vivo (como llamaba Marx a la actividad productiva, por oposición al trabajo muerto: los frutos del trabajo solidificados en maquinaria, edificios, productos manufacturados). Para afianzar el mecanismo de explotación, no hay que producir máquinas incapaces de pensar sino todo lo contrario: hay que tratar a los seres vivos y pensantes como si fueran máquinas. Ahí es brillante el papel de Wallace, especie de Elon Musk utópico y soñador. Mientras Joshi cree que el nacimiento de replicantes marca una crisis en la estructura de clases de la sociedad, Wallace sabe que se trata de un paso inevitable, dictado por las necesidades económicas de expansión planetaria (como decía Galbraith, el capitalismo es como una bicicleta que se cae si deja de pedalear). Sólo que puede ser controlado. Ningún avance tecnológico conduce de por sí a una revolución social, como teme Joshi.

Pero por eso mismo, Blade Runner 2049 es una película marxista. ¿No es extraño que tanto Wallace como la resistencia de los replicantes organizados busquen lo mismo (el secreto sobre la reproducción de la vida replicante)? Ello es así porque no es la nueva situación, sino quién la controle, lo que definirá el futuro del universo. En manos de una corporación, la crianza masiva de replicantes no significa sino la colonización y la apropiación por parte del capital de la propia vida (donde la vida humana, libre, no sería sino una minoría insignificante). En manos de los mismos replicantes, podría suponer una expropiación de capital capaz de sumir en crisis el mismo sistema económico capitalista (de modo similar a cómo el sur de los EEUU padeció la emancipación de los esclavos).

Por ese motivo, lo crucial en la película no es que descubramos un misterio oculto, el misterio de la vida. Lo crucial es que pone sobre la mesa un misterio encubierto, la existencia de la lucha de clases.

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