Juegos de guerra

Yo no creería más que en un dios que supiese bailar. (Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra)

pic108775_lgRoberto Bolaño escribió una novela entera protagonizada por un jugador de wargames. Se titulaba El tercer Reich, no por tratarse de una novela sobre el nazismo, sino en homenaje al clásico juego de guerra Rise and decline of the Third Reich, publicado por Avalon Hill en los años 70. Leí la novela y adquirí el juego, un juego de segunda mano, con la absoluta convicción de que nadie que no sea jugador de wargames puede comprender el sentido de esa peculiar historia, tan onírica.

Sólo puede comprenderse la guerra cuando se juega, y sólo puede comprenderse nuestro mundo y nuestra historia pasando por una comprensión de que la historia de la humanidad está bañada en la sangre de los caídos. Clausewitz tenía razón, la guerra es la continuación de la política y, por consiguiente, la política es guerra de baja intensidad. Por eso los mayores pensadores de la política del siglo XX, el siglo de la guerra por excelencia, escribieron sobre revoluciones y conflictos armados (la guerra de guerrillas de Lenin o de Mao, la “guerra de posiciones y la guerra de movimientos” de Gramsci, la resistencia partisana, el foquismo de Guevara…). En el progresismo familiar del que yo provengo, jugar con pistolas de juguete estaba mal visto, pero cada vez que yo jugaba, en la soledad de mi habitación, en el patio del recreo, en casas de mis amigos… siempre había armas de plástico, soldados de juguete, guerreros de papel, naves espaciales imaginarias, imperios virtuales… ¿Qué tiene la guerra de fascinante, si no es la certeza de que tras las pacíficas apariencias latía una tensión permanente, un conflicto latente que era la metáfora de nuestras crisis personales o sociales? ¿No acababan acaso todas las lecciones de historia con una guerra, con castillos derrumbados, con revueltas y revoluciones? ¿Y no era ese “si vis pacem, para bellum” una lección inestimable de los clásicos?

15940400_10154440322389005_5528357596972364126_n.jpgLa guerra era la forma más honesta, más clara de visibilizar el horror del mundo. Jugando a la guerra nos preparábamos para soportar el conflicto diario, la permanente lucha en las aulas, en los exámenes, en el patio y en la calle. Era la locura, tomada como juego, como ligereza. Los ejércitos formaban, organizando de manera clara y visible, bajo colores, banderas y alineamientos, conflictos que nuestros adultos se empeñaban en invisibilizar. Eso era la vida para nosotros, que día a día veíamos en las noticias de la tele cómo en el mundo sucedían dramas mucho mayores que no sabíamos comprender.

GMT-GBoH-Wargame-Great-Battles-of-Alexander-The.jpgHay una creencia, demasiado extendida, según la cual jugar a la guerra nos insensibiliza ante la violencia. La guerra, la violencia, como la política misma, pertenecerían al reino de los especialistas que afrontan las pesadas cargas de las cuales nosotros debemos liberarnos en una feliz ignorancia. Por eso mover fichas de cartón sobre un mapa de Europa o del mundo resulta tan catártico: porque es una forma de vivir con ligereza todo aquello que se insiste en encubrir bajo la coartada de lo pesado, de lo insoportable. Pero yo jamás he perdido una división en plena operación Barbarroja, sin pensar en los individuos que padecieron históricamente aquella violencia militar. Ni he flanqueado las falanges griegas con la caballería macedonia sin pensar en la crisis y en la caída de la cultura griega. Jamás he podido sujetar algunas de las cartas del Twilight Struggle sin dejar correr mis pensamientos a través de la dimensión trágica que desencadenaban. Cuando cae sobre el tablero la carta de Allende, me emociono. Cuando juego la carta de Nasser, siento el drama que se gestaba en el mundo árabe, resuenan los ecos en los altos del Golán y sé que vivimos bajo las consecuencias directas de aquellas cartas que alguien, una vez, jugó por nosotros sin consultarnos ni pensar en las consecuencias. Los jugadores no somos frívolos porque jugemos sin pensar en las consecuencias, somos personas tan serias que asumimos racionalmente, sin delegar en el “deja hacer” de la historia, las consecuencias de jugar con las fichas y con las cartas que nos vienen dadas. No fabricamos nosotros las armas, los tanques de cartón estaban allí y nosotros hacemos juego del drama; hacemos juego, porque somos libres de elegir jugar. Elegimos jugar a la guerra, porque la guerra civil permanente donde vivimos no pudimos elegirla. Y por eso mismo, cuando jugamos a la política, lo hacemos convencidos de que la política es la continuación del juego de mesa por otros medios. La única política honesta es aquella que se vive como juego. Es aquella que se vive desde una alegría atemperada por circunstancias dadas, condicionados por una historia de la que nadie puede reclamarse como legítimo dueño. El juego es una escuela para todo esto: para aprender a tomar decisiones difíciles, para aprender a caminar cuando el barro nos llega a las rodillas, para intentar enderezar el curso de la historia.

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