A los filósofos, que somos estrategas sin ejército y básicamente gestores ideológicos de las situaciones de crisis, nos viene fascinando la idea de que Hegel habría terminado de redactar el Prólogo a la Fenomenología del espíritu (1807) en la víspera de la batalla de Jena, la derrota de los prusianos a manos de Napoleón. En otras circunstancias históricas menos propicias para desplegar un sistema filosófico tan ambicioso y optimista, Walter Benjamin escribió también otro texto que hablaba de la guerra, la crisis histórica y la crisis por venir: “Experiencia y pobreza”, de 1933. Es conocido que existen paralelismos entre ambos textos, unos paralelismos que, en nuestro momento actual, entre la crisis vigente y la crisis por venir, nos resultan del máximo interés.

En el Prólogo a la Fenomenología del Espíritu, Hegel retrata el momento de la ruptura epistemológica que sucede a la crisis y decadencia de una cosmovisión. Podríamos encontrar las mismas características en cualquier otro momento de crisis de un paradigma y en el periodo de adaptación y aceptación de una nueva teoría científica: los siglos que hicieron falta para que la revolución científica iniciada por Galileo llegara a ser aceptada como algo común y corriente, el periodo en el que los filósofos como Kant se devanaron los sesos en torno a la noción newtoniana de espacio y tiempo homogéneos, o las décadas de especulación filosófica e ideológica a partir de la teoría de la relatividad de Einstein. En el caso de Hegel, no se trata tanto de una revolución científica como la crisis de la cosmovisión burguesa y de la filosofía alemana que le precede. El sistema hegeliano llega, en medio de un periodo de decadencia y crisis de la cultura moderna y burguesa, como el símbolo del nuevo modo de pensar post-revolucionario, en la era de Napoleón.

El mundo burgués ocupa para Hegel un lugar intermedio. Es, como más tarde afirmará Marx, el momento de la disolución de los lazos communitarios que arraigaban y encadenaban al individuo en el mundo feudal. Es también un periodo de crisis de identidad y de recuperación, en forma de construcciones imaginarias, de aquellos lazos que se añoran desde un sentimiento de pérdida.

Desaparecida la experiencia originaria de una vida esencial, o la inmersión en la substancia ética del mundo preburgués, consciente de dicha pérdida y de su actual condición de finitud (p. 61), según Hegel el espíritu reclama entonces de la filosofía no tanto el saber, sino más bien el medio o el instrumento para paliar esa carencia o necesidad. Se espera entonces que la filosofía se convierta en la guía, casi en la autoayuda, que viene a sustituir a la religión o al sentimiento de pertenencia. Un papel que han jugado, en todos los tiempos, los magos, los quiromantes, los videntes, y todas las escuelas éticas que buscan el sosiego antes que el conocimiento.

El retrato de Hegel recuerda a la “pobreza de la experiencia” de Walter Benjamin, donde la pobreza de la experiencia no supone la carencia de interpretaciones, sino todo lo contrario, la multiplicación de las mismas (en forma de saberes “útiles”, “prácticos”, de consolaciones realmente). Escribe Hegel:

“se dice, entonces, no debe tanto hacer saltar el cierre sobre sí de la substancia para elevarla hasta la autoconciencia, no debe tanto devolver la caótica conciencia de esa substancia al orden pensado y la simplicidad del concepto, cuanto, más bien, debe amalgamar las particularizaciones segregadas del pensamiento, reprimir el concepto que diferencia y establecer el sentimiento de la esencia; no debe, se dice, garantizar tanto la intelección cuanto la edificación. Lo bello, lo sagrado, lo eterno, la religión y el amor son el cebo requerido para despertar las ganas de picar; no es el concepto, sino el éxtasis, no es el frío progreso de la necesidad de la Cosa, sino el entusiasmo efervescente lo que, se dice, debe ser la actitud y la guía continua que difunde la riqueza de la substancia. (p. 63)

En tiempos de tribulación, cuando lo nuevo no nace y lo viejo no termina de morir, la filosofía recibe una demanda de consolación, un sucedáneo de la substancia, un sentimiento de la esencia, que con arrebato aspira a elevar el alma por encima de lo sensible (p. 63). Hegel hace un alegato casi materialista para obligar a la mirada, que se pierde demasiado en la búsqueda de sentido, a mirar a las realidades terrenales (hacia la experiencia). Pero en el mundo burgués, esta mirada hacia la experiencia terrenal ha sido vaciada de contenido, es vivida como una pobreza que anhela el sentimiento de lo divino y de lo sustancial:

“Hubo que forzar al ojo del espíritu a dirigirse hacia lo terrenal, y sujetarlo ahí; y ha hecho falta mucho tiempo para introducir trabajosamente aquella claridad, que sólo lo supraterrenal tenía, en el abotargamiento y la confusión donde residía el sentido de lo de más acá, y para hacer válida e interesante la atención a lo presente como tal, a lo que se denominó experiencia. Ahora parece darse la necesidad de lo contrario; el sentido parece estar tan firmemente arraigado en lo terrenal que requiere de la misma violencia para levantarlo de ahí. El espíritu se muestra tan pobre que, como el caminante que en el desierto de arena anhela un simple sorbo de agua, él parece ya sólo anhelar, para refrescarse, el indigente sentimiento de lo divino como tal”. (p. 63)

Es aquí donde encaja la descripción de la “pobreza de la experiencia” de Walter Benjamin, donde el desarrollo tecnológico del siglo XX (por no hablar de la “sociedad de la información” y de la actual multiplicación de la interconexión a través de Internet, que posibilita el intercambio en tiempo real de opiniones y de bulos por medio de las redes sociales), y el dominio de la naturaleza van acompañados de una incapacidad de transmitir la experiencia en forma de un relato o una enseñanza cargada de sentido. Pero esta falta de sentido adopta precisamente la forma de una multiplicación de las ideologías, de una verborrea incesante de sentidos alternativos que buscan llenar de contenido la ausencia de una transmisión de verdades y de una añorada inmersión en la substancia ética:

“Una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo que ese enorme desarrollo de la técnica. Y el reverso de esa pobreza es la sofocante riqueza de ideas que se dio entre la gente. O más bien que se les vino encima al reanimarse la astrología y la sabiduría del yoga, la Christian Science y la quiromancia, el vegetarianismo y la gnosis, la escolástica y el espiritismo.”

Como afirma Hegel, “también hay una profundidad vacía” (p. 65). Con gran ironía escribe Hegel:

“Quien sólo busque edificación (…), y reclame el indeterminado placer de esta indeterminada divinidad, puede ir mirando dónde lo encuentra; fácil le será encontrar por sí mismo los medios para alucinarse con alguna fantasmagoría y hacer alarde de ello. Pero la filosofía tiene que guardarse de querer ser edificante” (pp. 64-65)

Por ese motivo, la tarea de la Filosofía no es, para Hegel, la de resultar “edificante”. En el “Prólogo” de la Fenomenología, Hegel juega incluso con las interpretaciones simplistas, banales de su pensamiento, que identifican la substancia con esa totalidad inerte, sin vida, idéntica a sí misma, y que es el resultado de síntesis mecánicas (por suerte, cada vez es más obsoleta la lectura escolar de Hegel que reduce todo su sistema a la tríada de tesis-antítesis-síntesis). Para que la teoría no quede reducida a un onanismo de la substancia consigo misma, Hegel advierte:

“esta idea se degrada hasta lo edificante, e incluso lo desabrido, cuando faltan en ella la seriedad, el dolor, la paciencia y el trabajo de lo negativo” (p. 73).

En “Experiencia y pobreza”, Walter Benjamin afirma algo similar. Contra la proliferación de pseudo-saberes, que tratan de acercanos emocionalmente a una experiencia de lo auténtico en un mundo marcado por la deshumanización, la vulnerabilidad y la precariedad a la que nos somete el desarrollo de la técnica moderna, Benjamin sostiene un nuevo concepto, positivo, de barbarismo:

¿Adónde lleva al bárbaro esa su pobreza de experiencia? A comenzar de nuevo y desde el principio, a tener que arreglárselas con poco, a construir con poco y mirando siempre hacia delante.

BIBLIOGRAFÍA

BENJAMIN, Walter: «Experiencia y pobreza», en Obras, Libro II/vol. 1. Madrid: Abada, 2007, p. 216-222.

HEGEL, G.W.F.: Fenomenología del espíritu, Madrid: Abada, 2010.

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