El intelectual de Münchausen

Un día, galopando por los bosques de Münchhausen, traté de saltar con mi caballo sobre una ciénaga que encontré en mi camino. En medio del salto descubrí que era más ancha de lo que pensaba, por lo que, suspendido en el aire, decidí volver atrás para tomar mayor impulso. Así hice, pero también en el segundo intento el salto fue demasiado corto y caí con el caballo no lejos de la otra orilla, hundiéndome hasta el cuello en la ciénaga. Hubiéramos muerto irremisiblemente de no haber sido porque, recurriendo a toda la fuerza de mi brazo, así con él mi coleta y tiré con toda mi energía hacia arriba, pudiendo de esta forma salir de la ciénaga con mi caballo al que también conseguí sacar apretándolo fuertemente entre mis rodillas hasta alcanzar la otra orilla.

En el plano político, económico y cultural, se ha dicho demasiadas veces ya que la ideología dominante en nuestro país sigue siendo la ideología de la generación que se arrogó el mérito de la Transición, o que vino después a normalizarla. Esta generación que no se cuenta cuentos, que se reivindica, ya desde los años noventa, por encima de las ideologías y que se sitúa en el pragmatismo en todas las esferas de la vida social, sigue marcando de alguna manera las pautas de lo correcto en materia de costumbres, de práctica política y de ocio. Y esta generación profundamente pragmática se siente amenazada por un mundo cambiante, donde la innovación tecnológica sigue asustando mucho y pinta futuros que, como en todas las épocas, pertenecen a las generaciones venideras y auguran la siempre incómoda perspectiva de la obsolescencia de toda cultura y de toda identidad. Por eso es tan conveniente el refugio seguro en la eternidad de lo ya conocido.

Hasta aquí, protesta generacional estándar. Pero denostar el conservadurismo de la generación que en los años ochenta presumía de progresismo y de crítica al convencionalismo, no es sino caer en la misma ideología que achacamos a aquella, aunque sea de forma invertida. Esto debe hacernos sospechar si acaso no proyectamos en “lo viejo” aquello que nos incomoda de nosotros mismos. Es fácil criticar a un cincuentón porque no sepa ni quiera entender al adolescente que juega a Pokemon Go, o porque siga metiendo en la urna el voto al bipartidismo por la mañana temprano antes de ir a la playa. Pero las cosas no pintan de otra manera para otras generaciones. Fueron muy polémicas, recientemente, las declaraciones del Angry Videogame Nerd en su canal de Youtube acerca de por qué se negaba a visionar incluso el reboot de Cazafantasmas, que en su opinión lo que ofrecía era un producto totalmente nuevo, fundado en la “marca” de un clásico de los años 80 con el que muchos nos hemos criado, negando la experiencia original a las nuevas generaciones. Del mismo modo se recibió por los fans la cuarta entrega de “Indiana Jones”, o la precuela de Star Wars. El reciente episodio de esta última saga no ha sido tan mal recibido, pero como ha reconocido el propio director, en el fondo no es sino la reescritura del Episodio IV (Una nueva esperanza) autoconsciente de que debía ofrecer una mercancía para el nuevo público pero con guiños al espectador veterano que quería emocionarse viendo volar otra vez a Han Solo y Chewbacca en el Halcón Milenario. En todos estos casos, a la inversa, no falta el observador que apunta, con cabeza, que nunca veremos una película como vimos las películas por primera vez, en el cine o alquiladas en el videoclub, y que a lo mejor hay que ver el cine actual como si tuviéramos otra vez quince años, sin esperar tanto. Sin embargo, no he escuchado a nadie argumentar que tal vez los clásicos de nuestra infancia y juventud debiéramos observarlos con la misma mirada con la que vemos los bodrios de hoy: con la mirada crítica y con el colmillo retorcido.

No hay un afuera de las prácticas ideológicas, desde el cual yo pueda situarme para determinar que algo es “pura ideología”, o que a alguien “le han comido el coco”. Esa es la posición de Dios, y dioses no somos nadie. Imparciales tampoco, de hecho esa parcialidad es la razón de ser de la propia crítica cultural, al menos desde que Diderot inventara el género, y es lo que hace que podamos discutir, formarnos y orientar el gusto, en el contexto de lo que es una pura economía de mercado de los bienes culturales donde a priori nacemos sin criterio alguno y muy despistados a la hora de decidir dónde queremos gastarnos la paga o el presupuesto de ocio.

Pero desde la generación de nuestros abuelos a la propia nuestra, compartimos una misma ideología: la ideología de que no hay ideología o de que, por lo menos, Yo, el que habla, puede ponerse por encima de ella. Es la ideología del Barón de Münchausen, que se saca de la ciénaga tirándose de la propia coleta. Lo que comparten lo viejo y lo nuevo, lo que comparte el padre de familia que pasa la tarde en el centro comercial y el adolescente que hace lo mismo pero cazando algún Pokemon, o el youtuber que comparte sus gameplays de un videojuego de los años noventa pero no es capaz de entender la última novedad de la PS4 por la que adolescentes se parten la cara para hacer reservas en el Game, es esa misma certeza de que no nos van a sacar de nuestra propia identidad, y de que esa identidad es buena por derecho propio. Cuando tienes las herramientas para defender tu criterio a través de las viejas o de las nuevas herramientas de la comunicación, y ocultas sistemáticamente que ese es un criterio individual, social o generacional del que eres preso por tu condición, entonces estás haciendo pura y dura IDEOLOGÍA. La ideología es la representación de una relación imaginaria con las condiciones reales de existencia, y todos, presos como estamos de la ideología, la emitimos a todas horas. Pero el supremo giro ideológico es pretender que, como el Barón de Münchhausen, nosotros podemos sacarnos de la ciénaga donde el idiota sin criterio chapotea.

¿Cuál es la alternativa a todo esto? Pokemon Go no va a sacarnos del neoliberalismo, pero dejarse de tonterías, casarse y comprar una casa tampoco emancipó a nuestros padres. Negarse a comprender las identidades que surgen, que se transforman, que evolucionan al mismo ritmo que las innovaciones tecnológicas, tampoco. Si no entendemos las formas de ocio que entretienen a las nuevas generaciones, es muy dudoso que entendamos algún día cómo funcionan el euro, la bolsa, la burbuja tecnológica o la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, algo que por cierto tampoco controlan mucho los profesores de instituto que prohíben traer el teléfono móvil al colegio. El campo de la lucha cultural, como el campo de la lucha política, es histórico y cambiante. La ideología no es un monolito que se pueda controlar desde afuera, del mismo modo que los temarios de bachillerato no entran en una cabeza si los lanzamos desde la tarima sobre las cabezas del alumno distraído que está más pendiente de un chat de whatsapp. Las luchas culturales se dan desde dentro, y toda lucha que te pilla publicando tu columna para El País o subrayando a Platón, es una lucha que te vas a perder. Y dicho esto, yo la primera vez que escuché hablar de Platón fue jugando al Indiana Jones and the Fate of Atlantis, y la primera vez que supe de la existencia del Barón fue por la reseña de un oscuro juego de rol que me llamó la atención.

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