Después de Thatcher. El giro neoliberal y la crisis de la socialdemocracia

Reseña de: Paul Hirst, After Thatcher. London: Collinposter12mar79_629s, 1989.

After Thatcher, de Paul Hirst, es un auténtico documento, de grata lectura en estos tiempos de crisis del pacto social neoliberal en Europa. After Thatcher comienza planteando un problema muy importante: ¿existe el thatcherismo como una ideología hegemónica que ha cambiado el modo de pensar de los británicos y les ha convertido en individualistas y en firmes seguidores de la teoría del liberalismo económico? Esta era la tesis de los teóricos del Patido Comunista británico y de su revista, Marxism Today. Paul Hirst polemiza con esta postura fatalista, argumentando inteligentemente contra una extraña tendencia en el comunismo post-gramsciano, y en lo que fue la nueva izquierda, a dar una excesiva importancia a la hegemonía, al consenso, a la ideología dominante entendida como falsa conciencia y como ideología de la clase dominante. Según Hirst, el votante de clase obrera es mucho más pragmático, y en absoluto tan permeable a la ideología conservadora. En realidad, persiste en ellos una conciencia sobre la empresa como un cuerpo público con obligaciones sociales (p. 26). Pero los laboristas no fueron capaces de articular esa ideología que les era favorable. Los conservadores ganaron las elecciones con Thatcher por un cúmulo de razones, entre las que se cuentan el injusto sistema electoral y la carencia de alternativas electorales creíbles.

Sin embargo, de estas tesis, Hirst extrae una estrategia para la socialdemocracia que asumirá buena parte de las políticas thatcherianas, desechando la línea política y las alianzas con los sindicatos del viejo laborismo británico de postguerra. En su libro, Hirst denuncia que este viejo laborismo había sido incapaz de proponer una alternativa seria de gobierno a los conservadores. El laborismo “ha carecido de una doctrina sucesora del matrimonio entre Keynes y Beveridge celebrado en la práctica por el gobierno laborista de 1945, confirmado en la teoría por Tony Crosland en los años 50” (p. 12, la traducción es mía).

Según Hirst, el giro a la izquierda del laborismo en los años 80 fue incapaz de encontrar esa doctrina, pues hizo que el Partido Laborista pareciera aún más sectario que los conservadores, y les dió a éstos el “enemigo socialista” que necesitaban airear. “Las nacionalizaciones, el crecimiento del colectivismo de Estado, los sindicatos todopoderosos y los impuestos elevados, eran amargamente impopulares, especialmente entre los trabajadores manuales de éxito en la industria privada” (pp. 12-13).

Para Hirst, el partido laborista debía modernizar su política para dejar de lado estos elementos que lo descartaban como partido de gobierno. Así, podría ganarse a los votantes que no querían un gobierno laborista puro, pero que eran anti-Thatcher, y que querían elegir a un partido que ofreciera perspectivas de estabilidad política. Según Hirst, ese nuevo Partido Laborista debía poder cooperar con los otros partidos de la oposición para lograr un gobierno de coalición lo suficientemente fuerte y con el apoyo amplio que se necesitaba para hacer frente a los retos de Gran Bretaña en los años 90 y para superar los problemas de crecimiento económico del país. Según Hirst, si bien el Partido Laborista tenía un discurso fuerte en salud, educación y bienestar, era considerado como ineficaz en el aspecto económico. El Partido Laborista debía no sólo criticar la ineficaz gestión del gobierno de Thatcher, sino que debía poder plantear una alternativa económica creíble; “…no sólo que gastará una mayor parte del producto nacional en programas sociales deseables, sino que hará que el producto nacional crezca” (p. 16).

Por consiguiente, el Partido Laborista debía proponer una política económica creíble que garantizase un crecimiento económico fuerte y sostenible. A la hora de lograr esta propuesta económica, debía resolver problemas como la ligazón con los sindicatos (el Partido Laborista en Reino Unido nació a partir de éstos), que eran contemplados como excesivamente poderosos y un talón de Aquiles para la economía británica. “La presión sindical, las huelgas, las subidas de salarios inflacionarias” (p. 20) eran debilidades económicas muy visibles, mientras los fallos de gestión en las empresas resultaban menos perceptibles para el ciudadano medio. Del mismo modo, el gasto público era percibido como incontrolado, y como un lastre al crecimiento económico, en la medida en que acumulaba una parte cada vez mayor de la declinante riqueza del país.

“El nuevo gospel de la señora Thatcher, el liberalismo económico, basado en el libre mercado, parecía una alternativa al fallido social-liberalismo del Partido Laborista, basado en una economía mixta. El pensamiento de la señora Thatcher y su innegociable monetarismo parecían más efectivos (…). La libertad de mercado y el monetarismo juntos ofrecían una nueva estrategia de gestión económica que hacía innecesaria la cooperación con los incontrolables sindicatos” (p. 21).

Valoración

Si el socialismo es, como se nos dice, una ideología decimonónica, a muchos que hoy se reclaman socialdemócratas se les puede responder, en la misma lógica, que el social-liberalismo de la postguerra basado en teóricos como Keynes murió después de Thatcher y de Reagan. Esto es lo que ejemplifica perfectamente el libro de Hirst, que tuvo la relativa valentía de dar el paso al frente y reconocer el fallo del pacto social de postguerra para hacer sostenible un modo de producción capitalista basado en el crecimiento económico desigual e incompatible con el crecimiento de los salarios o el pleno empleo.

Que los nuevos partidos socialistas y laboristas se hayan formado a partir de los aparatos de esos partidos de postguerra que gestionaron y planificaron un pacto social keynesiano, no debe confundirnos, porque el cambio ideológico que se produce es brutal, con la asunción de los presupuestos ideológicos neoliberales del libre mercado.

Lo que el libro de Hirst demuestra es que este cambio no fue un mero accidente, sino que fue asumido muy a conciencia por estos partidos, para poder ganar elecciones en un mundo donde la crisis económica de los 70 atenazaba a los países desarrollados, y la formación de una alternativa de gobierno precisaba de asumir unas reformas económicas que permitieran un crecimiento sostenido en el tiempo, y generaran ingresos que el Estado pudiera redistribuir.

Ahora bien, este crecimiento económico que hizo posible que los partidos socialistas volvieran a ser alternativa de gobierno, se logró socavando el poder de organización de la clase obrera socialista tradicional (y donde digo socialista, quiero decir de las organizaciones de masas que eran de tendencia reformista, como lo que viene siendo todo el sindicalismo). El Nuevo Laborismo de Blair nunca hubiera podido tener cierto éxito, si antes Thatcher no hubiera socavado el poder de los sindicatos. Ello permitió a los Laboristas llevar a cabo medidas a las que Thatcher ni siquiera se hubiese atrevido.

El resultado, como vemos ahora, de este giro ideológico ha sido el “pan para hoy y hambre para mañana”. Cuando, como sucede a partir de la crisis de 2008, se detiene bruscamente el crecimiento económico derivado de la privatización, la financiarización y la destrucción del sindicalismo combativo. Y nos encontramos, en la izquierda, con que no nos quedan ya herramientas teóricas ni instrumentos de acción con los cuales resistir una ofensiva de clase que nos lleva de vuelta al siglo XIX.

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