El marxismo como teoría en potencia

1. ¿Es el marxismo una ciencia?

No es una pregunta de sí o no, sino una pregunta que tiene que ser desmontada primero. Yo distinguiría “marxismo” o “marxismos” (como un cajón de sastre que agrupa teorías, prácticas e ideologías muy heterogéneas) del llamado “materialismo histórico” que es un concepto mucho más acotado que se encuentra planteado en su origen en los textos más económicos de Marx y que posteriormente está más o menos desarrollado en otra serie de obras teóricas. Hay relación, pero no menos importante es trazar distinciones para no mezclarlo todo más de lo que ya de por sí y de manera inevitable lo está (puesto que las ciencias sociales incluyen normalmente valoraciones del mundo que no son “objetivas” y dicen más de las relaciones “subjetivas” en la sociedad). Las aportaciones de Marx en un Congreso de la Internacional no son lo mismo que la fórmula que hace de la “tendencia decreciente de la tasa de ganancia”. Si metemos en un mismo saco el materialismo histórico junto con aportaciones coyunturales y con burradas varias que escribieron algunos de nuestros más insignes referentes teóricos (las hay) entonces lo único que conseguimos es dar argumentos a quienes critican el marxismo por pseudocientífico.

2. Teoría y práctica política (ni Popper, ni la Academia de Ciencias de la URSS)

Cuando Engels escribía sobre “socialismo científico”, estábamos en el siglo XIX. El positivismo era lo más, Julio Verne se masturbaba pensando en el progreso tecnocientífico, y no se tenía muy claro hasta qué punto hay que evitar el equívoco entre la ciencia de la sociedad y la administración de la sociedad basada en supuestos criterios científicos (tecnocracia, que luego verá el boom en los experimentos de sociedad administrada en el siglo XX).

Hoy sabemos claramente que hay una diferencia entre tener una ciencia de la sociedad, tener una práctica política basada en una ciencia de la sociedad, y pretender que nuestra práctica política es en sí misma científica. Si leemos por ejemplo a Lenin, veremos que él sabe distinguir todos estos planos. Por eso es tan importante para Lenin la idea de “ser consecuente”, que es algo que sólo tiene sentido si por definición política y principios, práctica y teoría se diferencian esencialmente. Eso es algo que un economista del FMI por ejemplo no es capaz de concebir, porque piensa que su propia práctica es de por sí científica, que no hay alternativas y que sólo gestiona técnicamente (es un tecnócrata). Un marxista sabe que hay distancia entre la práctica política y los principios, y eso es lo que hace un problema del hecho de ser consecuentes, y lo que permite que no haya una línea definida de acción a partir de principios aplicables en todo tiempo y lugar. La política es reinterpretación práctica de los principios, y por esa razón, aunque se base en criterios científicos, no puede ser ella misma científica.
Por eso el marxismo no es una ciencia, afortunadamente, aunque puede ser una política consecuente con principios y con fundamentos científicos (para lo cual también hay que saber hacer ciencia, y se empieza por no meter en el saco de “científico” cualquier cosa).

3. Las consecuencias teóricas de Marx no se han desarrollado plenamente. El marxismo contiene embriones de sus desarrollos posibles

No creo que, hoy por hoy, pueda calificarse de científico al materialismo histórico. Yo compararía la aportación de Marx con la de Copérnico o Galileo, autores cuya aportación fue la definición de un nuevo campo de investigación. Lo que Marx lleva a cabo es una revolución teórica y “El Capital” es lo que Kuhn llama (en su recomendable clásico La estructura de las revoluciones científicas) un paradigma, un texto o logro básico que puede abrir una nueva etapa científica. Pero el desarrollo posterior del materialismo histórico como “ciencia normal” rutinariamente desarrollada a partir del paradigma no se ha realizado, por razones de todo tipo (yo veo dos fundamentales: competencia con la economía ortodoxa oficial, y dogmatismos que se aferran a las fórmulas clásicas y obstaculizan el pensamiento crítico y la innovación dentro del mismo materialismo histórico).

Kuhn decía que el rasgo de inmadurez de una ciencia era precisamente la referencia continua al “paradigma”, al texto o textos clásicos de referencia (cosa que no se da en la Física actual: nadie cita hoy a Galileo, salvo los historiadores de la ciencia). Comparto esa idea, y creo que el materialismo histórico hoy por hoy, en sus versiones de todo tipo (y junto a los desarrollos teóricos inspirados lejanamente en él), es una más de las explicaciones heterodoxas dentro de un periodo revolucionario en las ciencias sociales como el actual, donde persisten diversas escuelas de pensamiento y ninguna es hegemónica. En una sociedad donde por ejemplo la Universidad de Chicago, la Mont Pelerin Society o el Instituto Adam Smith no estuvieran tan bien financiados y los investigadores marxistas no tan denigrados, naturalmente podrían sacarse todas las consecuencias teóricas de la obra de Marx. Pero desgraciadamente no estamos en ese periodo, y el materialismo histórico sigue siendo tan sólo un embrión de ciencia normal.

En sociedades capitalistas complejas y atravesadas por contradicciones desgarradoras, donde diversas teorizaciones rivalizan por explicar el mundo en el que ellas mismas afloran, y los intereses sociales se entremezclan con los análisis supuestamente objetivos, la imposición de un desarrollo teórico determinado es una mera posibilidad entre otras. Podríamos vivir en esta sociedad, entre pseudoteorías legitimadoras del sistema y voces ocasionalmente críticas pero insuficientes, por tiempo indefinido. También podríamos por el contrario superar esas contradicciones, y heredar en un tiempo futuro explicaciones del mundo (como la de Marx) que hoy no están desarrolladas pero que con el tiempo podrían ser la base explicativa de ese presente que estamos viviendo ahora mismo. Pero de nuevo, sólo podemos ver como posible el desarrollo de una ciencia objetiva sobre la manera en que los hombres se relacionan socialmente para producir las condiciones de existencia que le permiten la adaptación al medio. La pobreza actual de las teorías críticas es un indicio más de que la lucha política por liberar a los hombres de la explotación y del control por parte de otros hombres es una condición necesaria para el desarrollo científico.

Por esta razón, es erróneo decir que nuestra política izquierdista se inspira en sistematizaciones perfectas y todopoderosas (por ser ciertas, que decía Lenin) de la realidad social. La verdad es que no tenemos esas sistematizaciones, sino indicios imperfectos de por dónde van las cosas. Recopilando esos datos, sirviéndonos de explicaciones correctas y de otras que sólo son aproximadas, esbozamos un mapa incierto que nos sirve de alguna guía para movernos entre lo que no vemos y lo que conscientemente se nos oculta. Este desconocimiento es un dato de nuestra precaria posición en el mundo, un reflejo de las contradicciones de la sociedad capitalista actual, y un acicate para romper con las ataduras y rebelarnos contra la ignorancia. La revolución no es el fruto de una estrategia bien pensada para hacerse con algo de pan sobre la mesa. La revolución no se hace por el pan, sino porque hay gente devorando caviar mientras nosotros damos palos de ciego por la vida sin tener una idea clara de cuáles son los mecanismos que reproducen las desigualdades sociales. Las revoluciones las hacen personas confundidas que no pueden hacer otra cosa que dar el paso al frente y ver qué ocurre, disparar primero y preguntar después. Y mientras tanto, se organizan.

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