Rousseau, o el hombre-planta

The greatest delight which the fields and woods minister is the suggestion of an occult relation between man and the vegetable (R. W. Emerson, “Nature”, en The portable Emerson, Harmondsworth: Penguin, 1983.)

En un texto titulado “La violencia de la letra: de Lévi-Strauss a Rousseau”, Jacques Derrida califica la contribución de aquél en los términos de “rousseaunismo militante”. Y en efecto, múltiples y declaradas son las recurrencias del padre de la antropología estructural respecto del ginebrino. Como señala Lévi-Strauss, el problema de la existencia de una sociedad reducida a su mínima expresión, que halla experimentalmente en la antropología (con su visita a los Nambikwara del Brasil), es análogo al que filosóficamente concibe Jean-Jacques Rousseau en el Contrato social o en el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres: cuáles son las condiciones mínimas a partir de las cuales puede decirse que existe una sociedad humana.

Rousseau y Lévi-Strauss

La paradoja que descubrirá Lévi-Strauss, y concretará en su obra Las estructuras elementales del parentesco, es que, frente a la concepción humanista (Sartre) de que existe una separación radical del hombre respecto de la naturaleza, en toda sociedad humana se puede hallar un rasgo estructural universal, una ley por tanto, y no una norma (particular y relativa). Este punto paradójico en el cual las normas humanas se entrecruzan con las leyes naturales es la prohibición universal del incesto, que bajo diversas formas (definiéndose como tabú el emparejamiento de padres e hijos, o sólo entre sobrino y tío, o permitiéndose entre hermanos y quedando prohibido sólo en el caso de la hermana menor) regula el sistema de unión matrimonial.

Si Lévi-Strauss se interna en la cuestión del mínimo definitorio de lo social, donde la sociedad se cruza con la naturaleza, no extraña que su inspiración filosófica sea Rousseau. Pero más allá del Contrato social, sus reflexiones pre-estructuralistas más profundas pueden rastrearse en una de sus obras marginales, también de las más bellas que produjo: Las ensoñaciones del paseante solitario, escritas en 1776, y verdadero testamento filosófico de su autor.

Las ensoñaciones del paseante solitario

En la última etapa de su vida, víctima de una manía persecutoria contra sus antiguos amigos y conocidos, de los que se va aislando progresivamente y en los cuales cree discernir la urdimbre de un complot contra su persona, Rousseau toma distancias de su época y del mundo. Fruto de este aislamiento son las Ensoñaciones, ejercicio de sutil misantropía entremezclada con el amor a partes iguales por el hombre y por la naturaleza donde aquél halla su simple perfección, y en las que Rousseau relata, más romántico que ilustrado y más poeta que prosista, sus vivencias en la soledad a la que sus fobias y sospechas le habían empujado.

En su exilio, Rousseau descubre que en la sociedad no había encontrado, a pesar de los divertimentos que ella ofrece, la verdadera felicidad. Pero abandonado y reducido a la indigencia de sí mismo, y después del horror inicial, descubrirá de un día para otro (de un modo “natural, insensiblemente y sin esfuerzo”) la verdadera paz. Y es que, aun cuando se sentía amargado por sus “persecutores”, en el fondo Rousseau aún esperaba ser admitido de nuevo en la sociedad: pues, relata, todavía buscaba a un hombre, y bastaba con uno sólo, que tomase partido por la justicia y en contra de sus enemigos. Pero esta espera fue en vano. La serenidad la encontró, declara Rousseau, en el momento en que aprendió a “sobrellevar el yugo de la necesidad sin rechistar”. “Reducido a mí solo, he recobrado al fin mi asiento”.

¿Y a qué se dedica este renacido individualista, este remedo de “buen salvaje”, en sus últimos años de vida solitaria? Rousseau emplea sus salidas en “herborizar”. En esta edad tardía ha descubierto la botánica. Observa plantas, se mezcla con los parajes naturales, vaga de un tallo a una flor, de una estructura a otra, clasifica. Aborrece de los boticarios que sólo observan en las plantas remedios y venenos. Él no busca en la naturaleza ninguna utilidad, sino la pura admiración ensoñadora, sensible, de un jardín que la humana factura no ha desfigurado aún.

Y en la botánica encuentra, justamente, el reflejo natural de su actitud ante los hombres: pues ella se rige por la necesidad de una finalidad carente de fines, de un proceso sin sujeto en el que sólo operan estructuras, sin ningún artificial designio. La reducción de la vida social que ha operado en su propia existencia, la ha encontrado también por medio de la botánica, que se convierte ahora en el centro de su pensamiento, contra la teoría social, contra el contrato, contra la antropología.

Antropología, botánica

Fundiendo su vida con la botánica, Rousseau regresa al mínimo constitutivo del Sujeto, sin todavía alienarse radicalmente en el proceso sin sujeto ni fines del reino natural. Piensa la vida buena como la de un hombre mínimo, integrado en la naturaleza (y no cualquiera: no la animal, propia de los taxidermistas, ni la mineral, brutal y desnaturalizadora pues exige de excavaciones que arrasan el terreno, sino la vegetal), pero todavía distinto de ella. Y esta es la intuición de Rousseau en las Ensoñaciones: la de un hombre que casi se funde con el reino vegetal, con la planta. Frente lo que diría Desmond Morris, el hombre no es un animal más (como era el hombre en estado de naturaleza tal como lo dibujaba el Discurso sobre el origen de la desigualdad), sino como había prefigurado La Mettrie,[1] una planta más. ¿Y qué es lo que la planta manifiesta de esencial en la forma más simple de vida humana? Las leyes, las estructuras. No es casual que a Lévi-Strauss se lo pueda y deba calificar de “rousseauniano militante”. Comparte con el ginebrino una ensoñación relacionada también con la botánica: aquella tarde serena, destacado en la línea Maginot en la Segunda Guerra Mundial, tumbado en la hierba observando las flores, y durante la cual, “pensando en las leyes de organización que debían necesariamente gobernar una articulación tan compleja, tan armoniosa, sutil,” se convirtió en estructuralista.[2]

Como el buen salvaje, como la planta, el hombre mínimo en su soledad manifiesta la simpleza de su substancia. Se encuentra entonces en el espacio fronterizo entre el sujeto y el proceso, en el campo de aquello que constituye el mínimo esencial a partir del cual existe el hombre como tal. Este espacio del mínimo estructural que hace social a un hombre, es el espacio de su universalidad. Y es que en la soledad somos todos iguales al hombre Rousseau. Y aunque las Ensoñaciones sean un juego de poner al lector afuera, enfrentado al desdén de una escritura autosuficiente, al mismo tiempo la identificación nunca resultó tan fuerte.

Rousseau nos habla del hombre que en la adversa soledad descubre a sus amigos, o redescubre su propio ser. Nos habla del retiro de todas las convenciones, y en la tensión imposible de este estadio de locura y paranoia nos retrotrae a la verdad eterna de una esencia mínima, forma simple de nuestra subjetividad. Este tallo, estos estambres que Rousseau exhibe, son también los nuestros. Y reducidos a la verdad de un producto de las leyes naturales, reducidos a una planta humana, para la cual todas las normas son accesorias, múltiples y nuevos caminos se nos abren para, en adelante, aprender a ser “humanos”.


[1] En su obra El hombre planta.

[2] “Entrevista con Claude Lévi-Strauss” (1972), montada por Pierre Beuchot para el Canal Arte en 2001, en http://www.youtube.com/watch?v=BZv0KmlUqUw&feature=related.

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