Reglas de cortesía en la era del COVID-19

La idea de que el capitalismo es incompatible con la vida es uno de los lemas ideológicos más potentes que la izquierda ha abanderado en tiempos recientes, un lema que se basa en la feliz alianza con el feminismo y el ecologismo. En estos momentos en que se nos presenta de la manera más cruda posible la contradicción entre capitalismo y salud pública, tenemos que transformar nuestra lógica competitiva y reemplazarla por una lógica de cooperación, que ponga la vida en el centro.

En estas semanas de cuarentena, hemos visto cómo en algunos barrios se empieza a organizar la gente para construir redes de apoyo mutuo. Estas redes vecinales les hacen la compra a personas que no pueden salir de casa, ofrecen acompañamiento telefónico a mayores y enfermos, proporcionan clases gratuitas de refuerzo para escolares… Podríamos ver en este impulso solidario una confirmación de que las redes de cuidados, formales o informales, son el efecto de una identidad popular y una empatía con las personas más cercanas a nosotros. Vecinos que solemos pasar sin apenas saludarnos, no dudamos en estos momentos en ofrecer nuestra colaboración, o en interesarnos por la salud del otro de una manera más real, y no como un mero gesto de educación.

Pero en este momento, me parece interesante recordar la precisión conceptual que Žižek toma de una escena de Truffaut:

En Besos robados, Delphine Seyrig explica a su joven amante la diferencia entre educación y tacto: «Imagina que entras sin llamar en un baño donde una mujer está de pie desnuda bajo la ducha. Tener educación te exige que rápidamente cierres la puerta diciendo “¡perdone, señora!”, mientras que el tacto sería cerrar rápidamente la puerta y decir: “¡perdón, señor!”». [LINK]

Podríamos aplicar esta distinción entre educación y tacto a nuestras nuevas rutinas en medio de la actual crisis sanitaria. Desde hace varias semanas, vemos fuera de lugar muchos de nuestros gestos habituales de cortesía: saludarnos con un apretón de manos, o con dos besos como es habitual en nuestras tradiciones latinas, los abrazos, etc. Tomar distancias, evitar el contacto físico, es la primera regla de etiqueta en estos momentos y aún lo será durante algún tiempo. Si el respeto de la distancia social tiene que ver con el nuevo concepto de educación, entonces ¿qué supondría mostrar «tacto» esta nueva situación?

La diferencia en estas circunstancias entre educación (respetar la distancia social) y tacto, estaría en cómo somos capaces de añadir un distanciamiento suplementario de tipo psicológico. Cuando salimos a hacer la compra y, caminando por una acera estrecha, nos encontramos de frente con otra persona, el tacto tiene que ver con la manera en que nos cambiamos de acera de la manera más natural posible, hacerlo en el momento oportuno, y aparentar que ese cruce formaba parte de nuestra ruta prefijada, evitando incluso a ser posible la mirada del transeúnte. Cuando guardamos una cola a la puerta del comercio, no subrayar, con ironía, la incomodidad de la situación: en definitiva, aparentar la máxima normalidad posible.

El filósofo Lévinas argumentaba que, mientras la filosofía tradicionalmente se había centrado en el Yo cartesiano cerrado en sí mismo, era indispensable entender la subjetividad de otra manera. Estamos abiertos al otro, somos responsables del otro, y el punto de partida de su reflexión filosófica es la mirada y el rostro del otro, que nos interpelan como sujetos éticos y responsables: «desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él». (E. Lévinas, Ética e infinito. Madrid: A. Machado Libros, 2000, p. 80.) Pero, ¿y si la crisis del coronavirus constituye un ejemplo de una ética del «tacto» por la cual mantener la distancia social incluye también un distanciamiento psicológico, una necesaria «deshumanización» del otro que nos permita tratarnos con la mayor normalidad posible? Aquí no quiero decir que suprimamos cualquier forma de cuidado o de empatía hacia el otro, sino que el verdadero cuidado no tiene que ver con la empatía.

En estas semanas de cuarentena, la población se ha dividido en dos tipos de personas: los trabajadores esenciales, sometidos a heroicas jornadas laborales para prestar a la población atención sanitaria, para asegurar los suministros básicos, para garantizar el derecho a la educación o para mantener el orden y la seguridad… y aquellas personas que, encerradas en sus casas, están viviendo su encierro con la angustia de no poder ocuparse en actividades valiosas o productivas. Para este segmento, son acertadas las voces sensatas que exclaman: «puedes permitirte perder el tiempo». Es legítimo no sentirse culpable por no estar produciendo lo suficiente. Limítate a mostrar tu apoyo a quienes no tienen la posibilidad de quedarse en casa con sus seres queridos.

Y a la inversa, ¿qué pasa con la hiperactividad de quienes no saben estarse quietos, se afanan por llenar las horas con nuevos proyectos, nos enseñan a hacer pan a través de sus redes sociales, o se abren un canal de Youtube? ¿Por qué hay tanta gente con la necesidad de mostrarnos por redes sociales que están haciendo cosas? En nuestra sociedad capitalista, donde el valor del individuo se mide por su productividad, este exceso de ruido ¿no es una muestra de nuestra adicción a un trabajo intrascendente, a formar parte del engranaje del mercado y a demostrar nuestro valor como individuos productivos?

En su libro acerca de la pandemia, Žižek tiene un pasaje interesante que evoca esa crítica de Byung-Chul Han al individuo moderno, «emprendedor de sí mismo». En estos momentos, todos estamos cansados de trabajar: el problema es que, mientras hay trabajadores que están cansados de velar por nuestra salud, otros (esa parte, por cierto no mayoritaria, de trabajadores «inmateriales») se encuentran exhaustos autopromocionándose, tratando de mostrarse aún como emprendedores productivos y valiosos:

Y, por último, pero no menos importante, debemos evitar la tentación de condenar la estricta autodisciplina y la dedicación al trabajo y propagar la postura de “¡Tómatelo con calma!” – Arbeit macht frei! (“El trabajo libera”) sigue siendo el lema correcto, aunque los nazis le dieran una interpretación brutalmente equivocada. Sí, hay un trabajo duro y extenuante para muchos que se enfrentan con los efectos de la epidemia, pero es un trabajo significativo para el beneficio de la comunidad y que brinda su propia satisfacción, no el estúpido esfuerzo de tratar de tener éxito en el mercado. Cuando un trabajador médico se cansa mortalmente de trabajar horas extras, cuando un cuidador está agotado por una tarea exigente, están cansados de una manera diferente al agotamiento de aquellos que buscan obsesivamente mejorar su situación laboral. Su cansancio vale la pena. (S. Žižek, Pandemic! New York/London: OR Books, 2020, pp. 26-27.).

El emprendedor de sí mismo, el hiperactivista de las redes sociales, o esa nueva forma de turismo de catástrofe en que se ha convertido ir al supermercado (hay gente que lo hace hasta tres veces al día), ¿no demuestran que nuestras vidas son presas de una adicción a nuestro rol como engranajes del mercado? En este sentido, el mandato político de detener la producción significa también que, quienes deban quedarse en casa, aprendan a parar el ritmo, mantener las distancias, romper mentalmente con los roles sociales y desengancharse de formas de interacción social que no tienen que ver realmente con los demás como sujetos morales, sino como meros interlocutores en un sistema de codependencia mercantilista e hiperproductivista.

En su blog, Catherine Malabou hace un llamamiento a lo que denomina una «cuarentena de la cuarentena». Encerrarse en casa requiere de un estado mental más riguroso aún que el mero hecho de observar las reglas básicas del aislamiento (lo que arriba denominaríamos «educación»). Sólo cuando alcanzamos ese estado mental, es cuando podemos sacar algo de provecho de nuestra situación:

Noté que sólo podía escribir cuando llegué a un confinamiento dentro del confinamiento, un lugar en el lugar donde nadie podía entrar y que al mismo tiempo era la condición para mi relación con los otros. Cuando pude sumergirme en la escritura, las conversaciones a través de Skype, por ejemplo, se convirtieron en otra cosa. Eran diálogos, no monólogos velados. La escritura se hizo posible cuando la soledad comenzó a protegerme del aislamiento. Uno tiene que desvestirse de todos los revestimientos, ropas, telones, máscaras y charlas sin sentido que aún se le adhieren cuando se separa de los demás. La distancia social nunca es lo suficientemente poderosa como para despojar a uno de lo que queda de lo social en la distancia. [LINK]

En su reflexión, Malabou recoge la idea de que encerrarnos en casa y observar las reglas no es suficiente para poder sobrellevar humanamente el confinamiento. La escritura es imposible, el trato con los demás es superficial. Necesitamos llevar hasta el fondo la distancia social, hasta el punto en el cual alcancemos la verdadera soledad. Solo si aprendemos a estar solos con nosotros mismos (es decir, si alcanzamos esa distancia mental con los demás que llamábamos «tacto») podemos encontrar un lugar desde el cual decir algo. Es una situación similar a la que Nietzsche reivindicaba cuando hablaba de amor fati (amor al destino): necesitamos aprender a vivir nuestra existencia como algo necesario, no ya como una carga contra la que revolvernos constantemente. Esto no significa una aceptación sumisa de nuestros infortunios, como si la realidad nunca pudiera ser transformada. Significa que negar realidad a nuestras desgracias y querer regresar de manera inmediata a la normalidad, es la primera forma de autoengaño con la que debemos romper si queremos una transformación realmente radical.

Tal vez sería un buen momento ahora para recordar que Friedrich Engels describió el socialismo con estas palabras: «el gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas». Podríamos terminar reivindicando que, contra nuestra excesiva identificación con lo que entendemos como normalidad, donde las relaciones interpersonales se confunden con nuestro papel en el mercado, y donde la política es un cuidado compasivo de las personas para que su explotación y alienación fundamentales sigan su curso normal, una verdadera democracia social y económica supone una necesaria toma de distancia respecto de los afectos patológicos que impregnan nuestro día a día y lo colman de evidencias. El tacto sería la forma superior de cortesía que deberíamos prestarnos en un estado socialista.

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