Post vacacional

Me han preguntado varias veces ya mis planes para estas vacaciones, y la verdad es que no tengo ningún plan. Hay cierto existencialismo de andar por casa que vincula la experiencia vacacional al proyecto, a la planificación. Los grandes viajeros y las grandes viajeras son excelentes contables y planificadores, una capacidad que envidio sinceramente (¿dónde encontráis esos vuelos baratos, esos hostales de ejemplar limpieza, esos descuentos de última hora?). En un mundo administrado, posthistórico, donde todo se nos encuentra dado como en un mercado permanente, ellas y ellos se mueven como peces en el agua: organizan, contactan, hacen llamadas, encuentran un avión y contratan el alquiler. Nunca como en vacaciones se muestra de manera más clara que el ocio y la felicidad son producto de una disciplinada, ardua gestión donde el homo oeconomicus (el individuo calculador de la teoría económica) ordena preferencias y dispone los instrumentos burocráticos. En vacaciones, y eso queda patente si intentas viajar en agosto, la humanidad demuestra un enorme y sospechoso consenso en cuanto a fines (maximizar el placer, minimizar el dolor en forma de tedio). Los medios son los mismos, hay que competir para apropiarse de ellos.

También me han propuesto ya varias veces que me líe la manta a la cabeza y viaje solo. He reflexionado mucho acerca de esta posibilidad, que me hace preguntarme para qué viajar, entonces. Creo que nunca se viaja solo, que siempre vamos en compañía de nuestras expectativas, de nuestras lecturas, de nuestras guías de viaje. ¿Por qué viajamos, entonces? O viajamos para tener experiencias, o viajamos, y cada vez lo hacemos más, para desconectar de nuestras experiencias. Viajamos en busca de experiencias, buenas o malas (lo importante es que pasen cosas, tener algo que narrar a la vuelta), y viajamos para no tener nada que contar, con la coartada de unas fotografías del viaje y un silencio que denota que lo que allí se buscaba era la ausencia de acontecimiento, la calma después de un curso ajetreado y lleno de preocupaciones.

El dilema contemporáneo, que se concreta en nuestra idea de viaje, es entonces el de escapar de nuestra experiencia y buscar la iluminación, la sencillez de unas callejuelas donde nadie conozca nuestro nombre; o el de hacer nuevas amistades, nuevos contactos, nuevas experiencias que atesorar. Pascal decía que los mayores males de la humanidad venían de la incapacidad de los seres humanos para quedarnos solos en una habitación. Pero un nuevo cinismo resabiado le da la vuelta a esta sentencia, afirmando la indiferencia de las experiencias y la intercambiabilidad de las mismas en un universo sobre-expuesto a la experiencia, a la riqueza de encuentros, a la sobreabundancia de vivencias. Y no hay un “yo mismo” que encontrar al final del viaje, porque la identidad del ciudadano consumidor jamás está puesta en duda, al menos si queremos regresar intactos para, a comienzos de curso, reincorporarnos frescos y alegres a la realidad cotidiana del estudio, del trabajo, de la productividad.

Sueño tal vez con un mundo sin vacaciones donde cada día fuese una experiencia real. Pero cómo es posible si nuestras vidas, compartimentadas, excluyen toda experiencia al atiborrarnos de nuevos proyectos, de nuevas tareas, de infinitas narrativas que vivir como propias (una película o varios capítulos de la nueva serie de moda, que ver en compañía o en soledad tras regresar a casa después del trabajo). Cuando no hay tiempo para proyectar y planificar nuestra vida diaria, las vacaciones son el cajón de las nuevas experiencias. O cuando las experiencias diarias nos satisfacen porque nos encontramos complacientemente integrados en nuestro modo de vida, entonces las vacaciones son el paréntesis para tostarnos al sol, para leer esos libros que no podemos leer durante el curso, para un amor de verano.

Las vacaciones no existen, son una entelequia. Las viviremos con la misma indiferencia con la que encendemos Netflix un viernes por la noche. Tal vez esa carencia de expectativas sea el frágil desfiladero por el que pudiera colarse algo real. Y como ya nadie se molesta en escribir para contarlo, al menos acuérdate de hacer algunas fotos.

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