Secretos imperfectos

Perfectos desconocidos (2017), la última película de Alex de la Iglesia, combina lo cotidiano y lo maravilloso. Quizás la eficacia del cine resida no tanto en proponer situaciones excepcionales, como en hacernos contemplar con extrañeza lo cotidiano. La película comienza con una premisa demasiado vulgar: una cena entre amigos que se conocen “de toda la vida”, que lo saben todo los unos de los otros. Pero ¿no es eso demasiado aburrido? Tal vez incluso espeluznante: las bromas ridículas, los chistes manidos, los coqueteos chispeantes pero inocentes. Juguemos a un juego que ponga en evidencia si realmente nos conocemos los unos a los otros: vamos a dejar los móviles sobre la mesa y durante la cena leeremos en voz alta todos los mensajes y atenderemos con el altavoz todas las llamadas que nos lleguen.

Perfectos desconocidos nos enfrenta al horror contemporáneo: hemos puesto unas reglas al juego diario donde la única alternativa al tedio y al silencio es el desastre. El discurso público acerca de nuestras relaciones dice que un amigo, que una pareja lo conoce todo del otro, a condición de que el otro ignore los goces privados que nos reservamos para nosotros mismos. Puede tratarse de una pequeña fantasía o de un engaño mayor, pero esto es indiferente. Al final de la película, nos quedamos con una pregunta: la amistad o el amor, ¿no se basan tal vez en aceptar lo que el otro mantiene oculto? Quiero saberlo todo de ti y entonces, conscientemente, decidir ignorarlo porque la amistad forma parte del ámbito público y una exposición excesiva de la intimidad no conduce a una mayor sinceridad, sino a la destrucción de la amistad misma. Aristóteles decía que la amistad verdadera es la unión de personas virtuosas, pero ¿qué podemos entender hoy día por virtud? La carencia de una ética pública, marcarnos unos ideales de virtud que nadie es capaz de sostener en su esfera privada, y que incluso tal vez nos condenen a la renuncia y a la culpa, hace imposible este modo de amistad. Tal vez arrojar el teléfono móvil por la ventana para no jugar al juego de la verdad pueda permitirnos seguir con el otro juego, el juego cotidiano del faroleo y de las apariencias de que todos llevamos una vida perfecta y respetable. Así separaremos definitivamente la amistad y el deseo, lo público y lo íntimo, nuestro destino personal y los vínculos sociales y colectivos.

Pero dar marcha atrás en el juego no es sino la señal de la derrota que caracteriza nuestra época, donde la mercantilización de los afectos y las experiencias nos exige cumplir con unos goces que nuestra moral pública es incapaz de reconocer. Pero tal vez reconocer nuestros torpes deseos, hacer un mínimo de “terapia” para conocernos a nosotros mismos, sea la manera más sencilla de romper el círculo del deseo, la renuncia y la culpa. Puede que una ética más realista, más honesta con lo que somos, pueda traducir una virtud de la sinceridad y de la transparencia. Es la propia esfera pública la que da forma a los deseos privados: otra vez con Aristóteles, somos animales sociales por naturaleza. Pero una esfera pública transparente, y este es el problema de fondo, supondría acabar con el secretismo que alimenta nuestras transgresiones. Salvaguardamos el secreto porque es la causa de nuestro goce. Como dijo San Pablo, por la ley conocí el pecado. Y sin esa ley, el pecado (y sus disfrutes) también desaparecería. Volveríamos por tanto a aburrirnos. Pero como dijo Pascal, todos los males del ser humano se basan en que no somos capaces de tolerar el aburrimiento. La transparencia es la noche en la que todos los gatos son pardos, y perder nuestros secretos sería perder buena parte del goce que conllevan.

 

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