Platón, la poesía y las bandas tributo

Llevo una temporada revisitando los clásicos. Si recordáis algo de Platón, puede que os suene la mala opinión que tenía de los poetas. Platón pensaba que la poesía se limitaba a imitar las cosas, sin preguntarse por su verdad. Vamos a explicar su teoría, y vamos a ver por qué se equivocaba (y de paso también se equivocaba Walter Benjamin) con un caso extremo que me horroriza y fascina a partes iguales: las bandas tributo, esos grupos de música que viven de tocar y/o disfrazarse de los ídolos musicales de vuestra adolescencia (o que, para muchos de vosotros, nunca podríais haber visto en directo).

En el libro X de la República, Platón desarrolla su famosa argumentación en contra de la poesía imitativa. Su adversario principal será Homero, el gran educador del carácter griego, y sólo como adversarios menores a los autores teatrales de su tiempo. En este artículo veremos brevemente qué nos cuenta Platón, y cómo se puede aplicar a nuestra época.

Para Platón, existen tres categorías de objetos. Por ejemplo, cuando hablamos de una cama, podemos distinguir realmente tres tipos de camas:

  1. «la Cama que es en sí misma», esto es, la Idea o la naturaleza universal de la cosa, que es independiente de las realidades concretas;
  2. en segundo lugar la cama particular, en tanto producto del artesano;
  3. y en tercer lugar, la cama como imitación o apariencia, obra del pintor.

Lo mismo sucede con todas las formas de arte, desde la poesía a la tragedia, cuando son artes imitativas (y hay que prestar la atención a esta condicionalidad, que es del propio Platón, pues deja abierta la posibilidad de un arte no imitativo).

Mientras el artesano copia la naturaleza (real, verdadera) de la Idea, el artista imitativo se conforma con copiar la apariencia: por eso puede tratar todos los temas y todos los oficios, pues de ellos no capta la verdad sino sólo su apariencia. El pintor puede retratar a un carpintero o a un médico, por ejemplo dibujándolos al lado de un cepillo o un estetoscopio. Pero cuando lo haga, su retrato no captará la esencia de su oficio, sino que se conformará con la mera apariencia.

Es la crítica de Platón, también, al diletantismo que pretende abarcarlo todo. El artista imitativo pretende mostrarlo todo como si estuviera dotado de una capacidad para transmitirnos la esencia de todas las cosas, de todas las artes y de todos los asuntos humanos (el “nada humano me es ajeno” de Terencio). Pero si a alguien le parece que existen personas que lo saben todo acerca de todo, lo más probable es que esté siendo engañado y no sepa distinguir la ciencia verdadera de la aparente.

Ahora bien, ¿es siempre así? Platón apuntaba contra aquellos artistas que, siendo espejo de la realidad de su tiempo, sin embargo no prestaban atención a lo conceptual. El arte imitativo no se preocupa sobre la verdad de lo que imita. Por eso Platón sería, en nuestro tiempo, un moralista bastante cargante, y un gran enemigo de la música ligera, de los cantautores que no se preguntan por la verdad, o de los raperos que hacen música de la violencia, del patriarcado o del consumo de drogas.

La pregunta sería, ahora, si es posible encontrar un tipo de arte imitativo que a pesar de todo sea productivo de algún tipo de verdad (por supuesto, no ya en un sentido platónico, pues estamos en pleno siglo XXI). Y la vamos a buscar donde menos puede esperarse: en las bandas tributo, un fenómeno musical en auge.

Ante una representación de una banda tributo, el crítico no puede evitar una profunda ambivalencia, cuando menos: ¿qué sentido tiene que un grupo de música dedique su carrera a imitar a grupos ya inexistentes? ¿Qué valor tiene la música, cuando reproduce aquello que ya puede reproducir un buen reproductor de sonido?

Parece que criterios “externos” a la mera reproducción sonora: la recreación del acontecimiento mismo, del “directo” (una experiencia que de otro modo sería imposible), y para los grupos mismos, un modelo de negocio que puede ser mucho más lucrativo que la comercialización de su obra original. Al mismo tiempo, sin embargo, nos seduce algo fascinante en cuanto a modelo socioeconómico que parece remar en la dirección contraria de la tecnificación creciente de la experiencia del mundo en el capitalismo actual.

Walter Benjamin fue un filósofo alemán que pensaba que en el siglo XX, en cuanto que la técnica permite la reproducción ilimitada de la obra de arte, algo se pierde de ésta: se trata del “aura”. Ese aura tiene que ver con la autenticidad de la experiencia artística, que desaparece cuando la experiencia casi religiosa ante lo único y lo excepcional del acontecimiento es reemplazada por la sobreexposición indiferente a reproducciones, fotografías, proyecciones… Ahora bien, contra la tesis benjaminiana de la pérdida del “aura” por la tecnología, de algún modo es una sed de “aura” (y la posibilidad de explotación económica de dicha aspiración) lo que mueve a la existencia de estas bandas tributo.

El problema es que la verdad del “aura” dista mucho de la verdad de la Idea platónica. Pero tiene que ver con la recuperación de una experiencia que, a través de la reproducción, se desvanece. El regreso a la esencia de la experiencia artística, el retorno a Los Beatles, o a Freddie Mercury, en lo que constituye una franca imitación, tiene que ver con la rememoración de una esencia intemporal que la propia reproducción ha hecho perderse para siempre. Si existe algo de verdad en estas experiencias musicales, entonces podríamos decir que a contratiempo de las tendencias indicadas por Benjamin o por Platón, sería posible un arte imitativo que nos aproxime a lo auténtico de alguna manera.

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