La amistad es un asunto político, porque no hay ciudadanía si no hay amistad. Que existe una vinculación clara entre la amistad y la política es algo que intuimos de sobra, pues tenemos ejemplos negativos de ello por doquier: la mala política está plagada de amiguismos y de corruptelas que se tienden por interés propio y de amigos. Razón de más para indagar en esa relación: ¿es posible una amistad “buena” en política?

Esta es una pregunta a la que debemos darle la vuelta. ¿Es posible, parafraseando el título de la obra de Derrida, una “política de la amistad”? ¿Qué tipo de relación social, comunitaria, y por tanto inevitablemente política, es una buena relación de amistad? Y, ¿cuándo las políticas que se hacen por amistad son buenas políticas, que redundan en el bien de la comunidad?Aristóteles pensaba que la amistad era inseparable de la búsqueda del bien. El bien está ligado a lo agradable y a lo útil, y por eso decimos que una amistad persigue lo agradable y lo útil, y por ese motivo es (subjetivamente) un bien. Por eso propiamente, afirma Aristóteles, “la cosa que se ama es el bien” y el bien individual está ligado de algún modo al Bien en sí. Y lo bueno en sí es a su vez inseparable de la felicidad, aquello que constituye para los filósofos griegos el fin de la vida humana, individual y colectiva.

Pero el espejo de los griegos no nos vale tras la época moderna y su crisis, cuando el pluralismo de valores supone, a menos que demos un giro conservador, que los fines de la vida humana son diversos, plurales y socialmente pactados. Si tenemos distintas categorías del bien, y si hay un bien particular y un bien colectivo acordado en la forma de normas de convivencia mínimas (pero no un bien objetivo intrínseco a la vida humana), entonces ¿ya no es posible hablar de amistad? ¿Cómo puede el ateo ser amigo del musulmán, o el católico ser amigo del revolucionario? He aquí el problema de cómo gestionamos la felicidad ajena, que se alcanza a través de distintas categorizaciones del bien.

La solución más fácil es aquella que podemos llamar teológica o monoteísta. Es teológica o monoteísta aquella amistad que se basa en un horizonte común. Por eso se dice en el discurso clásico que amamos lo que es similar a nosotros: porque compartimos unos valores y un universo de sentido. Pero si esto es así, el monoteísmo es incompatible con una sociedad que en sí misma es politeísta, y la amistad toma la forma de un particularismo: amamos al compañero de secta, y entonces será sencillo acordar las mismas actividades, compartir las mismas comidas, bautizar a los mismos hijos. ¿Nos queda sólo, pues encerrarnos en nuestro confortable hogar con la comodidad de que la felicidad ajena nos resulta comprensible?

Esta opción es inasequible en una comunidad política. Y precisamente este elemento, el elemento de la comunidad política, nos debe dar las claves de la buena amistad (y no a la inversa). Si debemos ser amigos, sólo podemos hacerlo desde la capacidad para tolerar el goce ajeno. Toda la forma clásica de la amistad o del amor tiende a enmarcar los goces en una institucionalidad que nos resulte a todos comprensible. Si compartimos los mismos ritos, podemos compartir los mismos goces. Un dato habitual en las crónicas racistas es la alusión a una amalgama de costumbres extrañas y de dietas que no comprendemos. Quizás la muestra más espeluznante del racismo es cuando alguien apela a los olores de las cocinas o a la música que sale de las ventanas de un barrio multicultural: esta intolerancia a la música o a la dieta extranjera, cuando se da en nuestras propias ciudades, es un ejemplo muy palpable de cómo los goces de la música o, sobre todo, del gusto son tan intolerables en nuestro modo de entender la comunidad.

La amistad es complacerse en el goce del otro. Es admitir distintos modos de vida y distintas vías de goce. Es aceptar lo distinto, pero más aún, porque la amistad se basa en la aceptación de lo que es de una manera y puede mañana ser de otra. Escribe Derrida sobre este asunto, apelando al quizás como central para entender la amistad:

Pero el pensamiento del «quizá» involucra quizá el único pensamiento posible del acontecimiento. De la amistad por venir y de la amistad para el porvenir. Pues para amar la amistad no basta con saber llevar al otro en el duelo, hay que amar el porvenir. Y no hay categoría más justa para el porvenir que la del «quizá». Tal pensamiento conjuga la amistad, el porvenir y el quizá para abrirse a la venida de lo que viene, es decir, necesariamente bajo el régimen de un posible cuya posibilitación debe triunfar sobre lo imposible. (Jacques Derrida, Políticas de la amistad).

Es muy típico del discurso ideológico dominante, especialmente en la forma de barata autoayuda, apelar al presente. Vive el presente, ama el presente, e ignora el pasado o el porvenir. Pero este presentismo no es otra cosa que dar pataditas al balón y cerrar los ojos a lo posible: al hecho de que lo que es hoy, mañana puede cambiar. No es sino una intolerancia encubierta no ya a lo otro, sino a que lo otro pueda transmutarse en algo distinto (lo que nos obligará, en un presente futuro, a hacer nuevamente el esfuerzo mental de aceptación).

Y este pensamiento de la amistad abierta a lo posible es lo único que nos vale para la amistad política. La amistad política no es la amistad “de casta”. No es el amiguismo al que comparte lo mismo, sino la confraternización con el diferente, pues la política es por definición el espacio de lo cambiante. Y en el buen sentido. No en el sentido de que los oportunistas se desdicen al día siguiente de sus posiciones y de sus principios. Sino en el sentido de que hacer política es vadear los cambios, las crisis y las contradicciones. Una comunidad política es una comunidad que se abre a la posibilidad de lo distinto, a la posibilidad de que el amigo íntimo de hoy cambiará mañana de parecer, y no será necesario conducirlo al Gulag por ello. A la posibilidad de que el adversario de hoy será el aliado de mañana. Sólo así podremos hacer la política desde la amistad, y sólo así podremos decir que hay amigos y adversarios, pero nuestra comunidad carece de enemigos.

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