1. Un poco de historia: el PCE en transición

En 1976, el plenario del Comité Central del Partido Comunista de España aprueba, en Roma, un informe de Santiago Carrillo que propone la eliminación de las células de base del Partido y la reorganización de la militancia en agrupaciones territoriales. El PCE de la clandestinidad se encontraba estructurado según el modelo leninista de células. El Partido contemplaba distintos tipos de organizaciones de base de este tipo: células de empresa, barriales, de facultad o centro de estudios, de intelectuales, células en los pueblos. El objetivo era el de hacer que cada militante formase parte de una organización de base cohesionada, y en este sentido las células barriales o de pueblo funcionaban como estructuras menores donde recoger a aquellos militantes que no podían desarrollar su labor en otro tipo de espacios.

El informe de Carrillo de 1976 supuso disolver toda esta estructura gestada en la clandestinidad, y volcada en el trabajo en las empresas y en los frentes de masas. Las agrupaciones del Partido se construyen a partir de entonces sobre el modelo organizativo de un partido “de masas” al estilo de la socialdemocracia, poco cohesionado y con menos compromiso militante. Pero sobre todo, lo que se consolida es un modelo organizativo orientado a la contienda electoral. El PCE de Carrillo contaba con que las elecciones iban a reemplazar a la presencia en el conflicto, en la protesta y en la movilización, y contaba con que los réditos electorales permitirían que la influencia política del partido fuera mayor que la que podía desarrollarse con el modelo anterior de cerco-asedio-agitación desde el trabajo clandestino. El resultado de aquello es bien conocido: la más potente estructura política que organizó la resistencia interior al régimen franquista obtuvo en las primeras elecciones democráticas de 1977 un resultado más que insatisfactorio, con 20 diputados y muy lejos de los socialistas. Da comienzo un periodo dificil para el PCE, que llevará a la constitución de Izquierda Unida en el año 1986. IU sería la apuesta de los comunistas españoles por aglutinar en un espacio común a todo lo que se mueva a la izquierda del Partido Socialista, con una trayectoria histórica en los últimos treina años de lucha a la contra de todo (contra la deriva neoliberalizadora del PSOE, pero también contra el sentido común dominante en esa España del pelotazo donde “forrarse” parecía al alcance de cualquiera).

2. Aparatos del Estado

El debate sobre la forma-partido no puede separarse del debate sobre la forma-Estado. La primera es una plasmación de la segunda, pero todo el meollo de la cuestión reside en identificar el modo contradictorio en que esto se da.

  • La forma-partido no es una mera plasmación de la forma-Estado (la forma-partido está atravesada por sus contradicciones internas, y es un espacio privilegiado de contradicciones en el seno del aparato del Estado). En efecto, la forma-partido es ampliamente inestable, reproduce en su interior las divisiones de intereses propias de un parlamento, pero incluso cuando las divisiones en el partido tienen la apariencia de conflictos entre familias regidas por los pequeños intereses, se hallan determinadas en el fondo por una lucha de clases que determina el carácter de esas peleas internas por el control de las estructuras y de las posiciones de poder. En los partidos políticos, la dinámica oligárquica está determinada, de algún modo no simétrico ni automático, por las contradicciones de clase y sobre todo por las contradicciones en la composición de clase (es natural, cuando el partido revolucionario está compuesto realmente por sujetos desclasados e individualistas, que las diferencias políticas tomen la forma de conflictos dentro de una oligarquía dirigente).

  • En especial cuando se halla vinculada a la participación institucional, la forma-partido emplea recursos, formatos, coordenadas ideológicas que proceden directamente del aparato del Estado. El recurso a la ideología y ocasionalmente a la represión (la disciplina interna de los partidos), los ejes izquierda-derecha del espectro político tradicional (“el ala izquierda”, “el ala derecha”), los nuevos ejes ideológicos (“plebeyos contra intelectuales”, etc…)… El parlamentarismo en las reuniones: la elección de un dirigente por sus cualidades de oratoria, por su capacidad para interiorizar un discurso propio de las democracias representativas (acompañada a menudo de la incapacidad para expresar una pertenencia de clase e incluso por la incapacidad de identificarse con una clase subalterna: desclasamiento de las direcciones de los partidos políticos).

La pregunta de toda organización social y política transformadora debería ser, pues: ¿por qué existe tanta preocupación, por qué tantos intereses en torno a la naturaleza de la forma-partido? ¿Por qué los partidos políticos, incluso aquellos despreciados y marginados por el poder y por los grandes medios de comunicación, se encuentran siempre en el punto de mira? Althusser afirmaba tajantemente que los partidos políticos, los sindicatos, las iglesias y un sinfín más de instituciones más o menos flexibles jugaban un papel a la hora de conformar subjetividades, a la hora de modular y de generar expectativas acerca de qué constituye la realidad. Las calificaba de Aparatos Ideológicos de Estado, porque ejercían una función estatal de conformación y de control social, pero por otra vía (la ideología principalmente, la represión sólo en segundo grado y de manera latente y muy diluída). Eran muy importantes para Althusser, porque «…ninguna clase puede tener en sus manos el poder de Estado en forma duradera sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los aparatos ideológicos de Estado» (Althusser, Ideología y aparatos ideológicos de Estado).

Esto significa que lo que suceda con la forma-partido resulta de la máxima importancia para los intereses representados en la forma-Estado. Si buscamos, por tanto, transformar la forma-Estado, suprimir incluso sus rasgos propiamente represivos y de clase, hay que dar un vuelco a las estructuras que caracterizan la forma-partido, una forma que hoy por hoy está viciada por dinámicas oligárquicas. Cambiar el Estado, generar un contrapeso que enfrente a los intereses políticos los intereses generales de las mayorías, precisa, en resumen, cambiar el instrumento del que vamos a servirnos. Adaptarlo a la realidad de las formas de lucha, de los sujetos que vamos a incorporar, y evitar jugar el rol de partido clásico que coopta cuadros para ejercer funciones dentro del aparato del Estado.

3. Izquierda Unida a partir de la XI Asamblea: de la forma-partido al movimiento político y social

Este papel del partido clásico, adaptado a las exigencias que le imponían el ritmo institucional y electoral, fue el que adoptó el PCE de Carrillo en 1976, y la dinámica de institucionalización de la que ha empezado a sacudirse recientemente la nueva Izquierda Unida, es resultado de aquella cultura política nacida de la Transición.

Implicada de lleno en esa cultura política, Izquierda Unida se había volcado demasiado hacia la institución, en lugar de volcarse hacia la construcción de movimiento social real: en lugar de impulsar el movimiento social, se ha ocupado en elaborar programas, en “bajar” en actos de apoyo a los conflictos, y en trasladar los conflictos a la institución por medio de mociones e iniciativas. IU ha estado en cada movilización de los últimos treinta años, pero no siempre ha sabido priorizar la presencia en la calle, ni siempre ha sabido creerse la importancia de las mismas. Sin ir más lejos, un fenómeno como el 15M, estructurador de la nueva cultura política tras la crisis política del sistema de la Transición, no sólo no lo supo ver, sino que aún persisten en la organización rencores motivados por una óptica de identificación en parte de IU con la clase política y con los actores institucionales y sus prácticas, impugnadas por el movimiento social.

La Izquierda Unida que surge de la XI Asamblea ha incorporado en sus documentos y en sus planes de acción una estrategia prometedora en este sentido, pero que precisa de un rigor vigilante en su aplicación. Los sorteos para completar la composición de los órganos, la posibilidad de activar mecanismos de revocatorio motivados contra cargos orgánicos o públicos, la potenciación de redes de activistas… son mecanismos que debemos concretar, potenciar y emplear con plena normalidad democrática, para convertir la organización en algo distinto de la forma clásica de partido, ligada a los mecanismos y a los intereses del aparato del Estado. Por tanto, una nueva forma de hacer las cosas, para transformar el régimen oligárquico y corrupto que nos gobierna.

Al mismo tiempo, la superación de la forma-partido significa trabajar por la superación de la forma actual hacia un nuevo bloque social y político, un movimiento político y social, que no se estructure tanto a través de la actitud de los órganos como a través de los fuertes lazos de identificación, pertenencia y afecto que desborda el activismo social.

La nueva Izquierda Unida tiene por delante la tarea de ser la facilitadora de un movimiento político y social superador de la dispersión social y política de la izquierda. Impulsada por un espíritu de unidad y confluencia que forma parte del acervo ideológico del PCE, IU siempre jugó ese papel en tiempos más difíciles, gracias a un programa de calidad que era referente de compromiso. El momento actual sin embargo exige más que espacios de elaboración colectiva. Necesitamos herramientas complementarias volcadas a la acción, a espacios reales de unidad popular. Ahí IU es crucial como facilitadora, como vertebradora, pero no ya como vanguardia ideológica ni únicamente como referente de políticas institucionales. Al contrario, como organización de la gente consecuente que se organiza, desde la democracia radical, para que los impulsos de generosidad en el cambio a mejor de nuestra sociedad se desborden y se sumen en un bloque social y político que presente alternativas a la crisis del régimen oligárquico del 78.

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