Una agenda republicana

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“A vista de este ejemplo, ciudadanos, antes morir que consentir tiranos”

Ayer, horas después del anuncio por parte del gobierno y de la comparecencia donde el ciudadano Juan Carlos de Borbón anunciaba su abdicación, miles de españoles se lanzaron a las calles reclamando el derecho a decidir sobre la continuidad de la monarquía o la instauración de la república.

Este acontecimiento, ineludible por el factor biológico pero también ineludible en este preciso instante por motivos sociales y políticos, certifica que como veníamos teorizando, nos encontramos ante una crisis del régimen salido de la Transición. Certifica que dicha crisis ha provocado una reacción por parte de los partidos del sistema (los “escribas” del faraón como los llama el compañero Toni Valero) y la oligarquía (otro modo de llamar a -cierto sector dominante de- la clase dominante).

Antes de ayer, una certeza la teníamos cuando afirmábamos que el resultado electoral del 25 de mayo daba un mensaje claro al que debían dar respuesta todas las fuerzas políticas (las viejas y las emergentes). Antes de hoy, creíamos que la reacción de la monarquía era una reacción de la propia institución a la vez que la única respuesta que era capaz de dar el partido de la derecha en el gobierno; hoy sabemos que el anuncio de abdicación estaba previsto por el Partido Popular y el Partido Socialista, y que es la respuesta que ambos hacen conjuntamente. Si al anunciar el congreso del PSOE (con sus hipotéticos mecanismos de democracia interna que están muy por ver) no anunció también Rubalcaba su dimisión, ello era porque en la trastienda se fraguaba un pacto “de Estado” para el cual era necesario Rubalcaba. Un pacto para que Rubalcaba (con el beneplácito de Susana Díaz) pilotara el PSOE durante la sucesión, con lo que se prevé que se asegure la disciplina de voto de los diputados del PSOE a la hora de aprobar la ley de sucesión que regule el acceso del heredero, ciudadano Felipe, a la jefatura del estado. Al más puro estilo del PASOK griego, Rubalcaba y la dirección del Partido Socialista no tienen ninguna duda de que si bien este proceso opaco pilotado desde la cúpula generará tensiones en la formación, esta autodestrucción controlada del partido es secundaria respecto de los intereses del Régimen que son los de asegurar una mayoría parlamentaria suficiente para blindar la sucesión.

La urgencia de esta transformación gatopardiana recuerda también a la urgencia de los socialistas griegos, que no dudaron en convertirse en apéndices y en subalternos de la derecha griega a la hora de salvar el plan de ajuste y de garantizar la obediencia a los dictados de la Troika. Y el reforzamiento de la figura de Susana Díaz, que gana papeletas para la secretaría general del PSOE, también apunta hacia la gran coalición como posibilidad nada remota, si las aritméticas parlamentarias lo requieren en la próxima legislatura.

¿Por qué toda esta urgencia? Porque el 25M no sólo supuso que 10 eurodiputados españoles iban directamente al grupo de la izquierda europea, el grupo anti-troika, quedando a sólo 4 escaños del segundo partido. Supuso también, como ha indicado bien el compañero José Manuel Luque, que 15 eurodiputados españoles representan formaciones políticas republicanas. Esto significa que el espacio anti-troika se pisa los talones al bipartidismo, pero también significa que el sorpasso de las fuerzas republicanas a la socialdemocracia ya ha tenido lugar, y que el espacio republicano a la izquierda del PSOE, que acudió por separado a los comicios europeos, es ya la segunda fuerza política de este país.

Este acontecimiento tan crucial ha supuesto que el régimen adelante su agenda y decida cambiar de manos la jefatura, antes de que un nuevo parlamento con una composición distinta pueda obstaculizar o incluso imposibilitar la sucesión en la corona. Y al mismo tiempo, nos ha dado la primera pista para vislumbrar qué es lo que todas las fuerzas políticas a la izquierda del PSOE tienen en común: una agenda republicana. Dicha agenda constituye el elemento central para recomponer una nueva mayoría con las fuerzas republicanas y con los sectores que han de abandonar el PSOE, donde elementos centrales son el trabajo común en la movilización (todos venimos coincidiendo años en las mismas luchas), en los movimientos sociales, el sindicalismo de base y los sindicatos emergentes; la capacidad para negociar un modelo de país republicano y federal; la construcción de una organización y la voluntad de negociación por parte de fuerzas emergentes como Podemos; y el aporte de experiencia institucional y de una larga tradición de convergencia que aportan Izquierda Unida y el PCE (porque no podemos hacer nada sin confianza en el PCE que, con otras fuerzas políticas y numerosas familias de este país, 80 años después aún tiene en las cunetas a los ciudadanos y a los militantes que defendieron la segunda República).

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